Los mexicanos tenemos una capacidad infinita de destruir lo mejor de nosotros mismos y de nuestro país. Cada vez que aparece un espacio con potencial cultural, natural o humano, pareciera que nuestra primera reacción es explotarlo hasta el cansancio, convertirlo en un egoísmo desenfrenado de egos, negocios y vividores, hasta que aquello que era valioso queda irreconocible.
Hoy el verbo tulumizar ya no necesita explicación. Significa arruinar algo que era inherentemente bello. Significa convertir un lugar con identidad en un decorado sin alma, en una franquicia de sí mismo, en un parque temático para el consumo rápido. Esto no tiene nada que ver con gobiernos, partidos o ideologías. Sucede con la derecha, con la izquierda, con el PRI, con el PAN, con Morena y con cualquiera que esté en el poder. Es un problema más profundo: cultural, social y moral. Es quizás la falta de reglas y quien las haga cumplir, de Estado de Derecho; y es por supuesto, falta de voluntad.
Tulum es el caso más evidente, desde el nombre. Pero antes fue Playa del Carmen, creado desde cero como proyecto turístico y luego abandonado a su propio exceso. Hoy le toca al Valle de Guadalupe, un paraíso agrícola y vitivinícola que se está convirtiendo en una sucesión de antros, bodas, hoteles donde importa más el DJ que la tierra, más la selfie que el vino. Lo mismo ocurre en Bacalar, y en cada rincón que alguien detecta como “nuevo”, “auténtico” o “de moda”.
Todo lo queremos transformar en un antro sin reglas, sin límites, sin cuidado por la naturaleza ni por la comunidad. Queremos crecer rápido, sin orden, sin planeación y sin responsabilidad. Queremos hacernos ricos ya, aunque eso implique destruir lo que nos dio la oportunidad en primer lugar.
Polanco, alguna vez un espacio bello y plácido, hoy está tomado por guaruras, camionetas gigantes y restaurantes construidos por factureros que no sirven buena comida, cobran precios exorbitantes y viven de una ostentación vacía. Avenida Masaryk dejó de ser un paseo urbano para convertirse en un desfile de poder malentendido.
Ahora esa lógica está alcanzando a la Roma-Condesa. Una zona que se construyó lentamente a partir de la comunidad, del arte, de la caminabilidad, de los cafés, de los foros culturales y de una vida de barrio real. Hoy proliferan los hoteles sin control, las fiestas interminables, los antros disfrazados de “experiencias”, el ruido constante y la expulsión silenciosa de quienes hicieron valioso el lugar.
Como en Tulum, se pierde la medida. Se pierde el cuidado por el vecino, por el espacio público, por la historia y por la cultura. Lo que queda es una ley de la jungla donde el más rico y el más poderoso impone su voluntad ante la ausencia de una ley real y de un Estado que regule con seriedad.
La tuluminización no destruye de golpe; erosiona poco a poco. Mata la identidad, expulsa a la comunidad y deja un cascarón rentable pero vacío. Y cuando ya no queda nada auténtico que explotar, simplemente se mudará al siguiente lugar “descubierto”. El problema es que cada vez quedan menos.
Analista

