El principal desafío de la Presidencia de Claudia Sheinbaum nunca ha sido la relación con Estados Unidos. A pesar de la volatilidad de la figura impredecible de Donald Trump, esa relación, si bien es compleja de manejar, ha sido bien calibrada por la presidenta. El verdadero desafío, donde se juega el futuro de su gobierno, es la política interna y la gobernabilidad del país. Dentro de esto, su reto más grande es la cohesión de un movimiento que, desde su origen, ha sido tan amplio como contradictorio.

La llamada Cuarta Transformación nunca ha sido un bloque homogéneo. Más bien, es un mosaico de intereses, visiones y trayectorias que encontraron en el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador un punto de convergencia. Pero ese punto de convergencia, hoy, es también una fuente de tensión. Porque la influencia del expresidente no se ha diluido del todo, y su sombra —política, simbólica y operativa— sigue atravesando las decisiones, los equilibrios y las disputas internas del movimiento; incluida la presidenta.

Adentro de Morena coexisten proyectos de país profundamente distintos. Hay quienes entienden la 4T como un proceso de transformación institucional gradual, con vocación técnica y de gobernabilidad. Otros la conciben como una ruptura más radical, casi refundacional. Entre ambos extremos, una serie de operadores políticos navegan con agendas propias, muchas veces más cercanas a sus intereses económicos o de poder que a una visión compartida de gobierno.

Ese entramado genera fricciones inevitables que tarde o temprano llevan a rupturas, la tarea de la presidenta es que esto suceda lo más tarde posible. Es en este contexto donde deben leerse las decisiones recientes de la presidenta. Su insistencia en la reforma electoral fue un error estratégico; se empeñó en una reforma que tiene más riesgos que virtudes, que aleja a los inversionistas que tanto ha querido atraer, que aleja a los partidos políticos oportunistas de los que depende su mayoría constitucional y que la mostró vulnerable internamente.

Por el contrario, los reajustes de piezas que ha hecho dentro del partido y el movimiento son aciertos tácticos para ella que en el fondo responden a una lógica más profunda: la necesidad de asumir el control político pleno del movimiento y del gobierno.

Esto no es nuevo, ya había hecho a un lado a figuras que operaban con agendas propias, como Adán Augusto López Hernández, y ahora, los movimientos en torno a Citlalli Hernández y Luisa María Alcalde son señales de que la presidenta entiende que el mayor riesgo de su administración no viene de Washington, sino de adentro. Y que, ante ese riesgo, ha decidido actuar y asumir el control del aparato electoral de su movimiento.

Hay en estas decisiones un doble mensaje. Por un lado, un golpe de autoridad: la afirmación de que el poder presidencial no es delegado ni compartido de manera difusa. Por otro, algo más relevante aún: la asunción plena de responsabilidad. Porque tomar control implica también cargar con las consecuencias. Implica que, a partir de ahora, el rumbo del movimiento —y sus eventuales éxitos o fracasos— estará directamente asociado a su liderazgo.

Esto marca una diferencia sustantiva con el pasado inmediato. Durante años, la cohesión de la 4T descansó en una figura central que articulaba, contenía y, en muchos casos, resolvía las contradicciones internas. Hoy, esa función ya no puede ni debe recaer en el expresidente. El movimiento necesita una nueva lógica de conducción. Y esa lógica pasa, inevitablemente, por la consolidación del liderazgo de Sheinbaum.

El riesgo, sin embargo, no desaparece. Las tensiones ideológicas siguen ahí. Las agendas personales también. El expresidente ha mostrado que es capaz de romper su silencio prometido. Y la posibilidad de un resquebrajamiento interno —con sus consecuencias en términos de gobernabilidad— permanece latente. Pero precisamente por eso, los movimientos recientes adquieren relevancia: porque indican que la presidenta no está dispuesta a administrar pasivamente esas tensiones, sino a intervenir en ellas.

En política, el control no se declara, se ejerce. Y en ese ejercicio, muchas veces incómodo, se define la viabilidad de un proyecto. Si algo sugieren las decisiones recientes, es que Claudia Sheinbaum ha optado por dejar de ser la heredera de un movimiento para convertirse en su conductora. En ese tránsito, inevitablemente, se distancia de su antecesor. No como un gesto de ruptura, sino como una condición necesaria para gobernar.

Los próximos meses serán cruciales. El Mundial va a ser el marco perfecto para el chantaje de grupos de interés que quieran boicotear y negociar con el gobierno. Los últimos meses han sido la puesta en escena de una amenaza latente: los maestros, los transportistas y los agricultores han demostrado su músculo y al hacerlo han implícitamente hecho una amenaza: ‘si ahora nuestras acciones paralizan al país, imaginate lo que harían en el contexto del mundial.´

Los retos internos son enormes, la presidenta tiene que conciliar a grupos de interés con visiones muy distintas de lo que debe ser un gobierno progresista. Hoy, cada vez más, la Cuarta Transformación ya no depende de su origen, sino de su capacidad de reinventarse bajo un nuevo liderazgo.

Analista

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