La música siempre ha tenido un elemento político, a veces estos momentos son explícitos y a veces implícitos; a veces también son las dos cosas a la vez. Cuando Elvis movió sus caderas en televisión nacional, sacudió al mundo sin tener que decir nada. Cuando Bob Dylan o Neil Young condenaron la guerra de Vietnam, la matanza de Kent o la guerra en Irak declararon la guerra abiertamente al status quo. Hace unos días, Bad Bunny hizo un poco de ambas, en medio del descarado racismo del gobierno estadounidense, un latino montó una resistencia, una resistencia alegre, festiva, pero también muy clara.
Durante décadas, el rock ocupó ese lugar incómodo frente al poder. Cuando The Who rompía sus instrumentos en el escenario, de alguna forma dinamitaba el estricto sentido del orden mundial. Los mensajes políticos fueron parte siempre del rock, desde Jimi Hendrix hasta Pearl Jam, de Janis Joplin a Rage Against the Machine. Varias generaciones que entendían que la guitarra eléctrica podía ser también un manifiesto. En ese entonces la música no pedía permiso para incomodar.
Con el tiempo, el pop se volvió corporativo y los géneros urbanos fueron absorbidos por la lógica del algoritmo. La rebeldía se convirtió en estética; la protesta, en tendencia. Parecía que el halftime show —ese altar máximo del entretenimiento comercial— estaba reservado para la rentabilidad anodina.
Y entonces apareció Bad Bunny.
En un país donde el discurso político ha señalado a los migrantes, ha criminalizado a las minorías y ha convertido la identidad latina en una amenaza electoral, que un artista puertorriqueño —cantando en español, sin traducción ni disculpas— ocupe el escenario más visto de la televisión estadounidense es un gesto de poder cultural.
La presencia de Bad Bunny no fue solamente celebración. Fue una narrativa. La reivindicación del Caribe, de la diáspora, de la piel morena, del español como lengua central y no secundaria. En tiempos en que Donald Trump ha construido capital político sobre la exclusión y la retórica racista, ese escenario se convirtió en territorio simbólico disputado.
La música popular recuperó, por una noche, su dimensión política. No fue un discurso partidista. Fue algo más sofisticado: identidad convertida en espectáculo global. La protesta no siempre se grita; a veces se corea. A veces se baila. A veces se transmite en prime time frente a millones de espectadores que quizá no entienden cada palabra, pero entienden el mensaje: estamos aquí, somos mayoría cultural y no vamos a traducirnos para ser aceptados.
Lo verdaderamente disruptivo no fue la estética urbana ni la coreografía. Fue la normalización de la latinidad como centro. Durante décadas, la cultura latina en Estados Unidos fue marginal o folclórica. En el Superbowl fue el centro. Hay algo profundamente dylaniano en eso. No en la forma, sino en la intención: usar el escenario más grande para incomodar al poder sin pedir permiso. Si el rock fue la banda sonora de la protesta del siglo XX, quizá los géneros urbanos —reguetón, trap latino, corrido tumbado— puedan tomar ese papel en el siglo XXI.
La diferencia es que ahora la rebeldía no viene del centro anglosajón, sino de las periferias que ya no aceptan ser periferia.
El Super Bowl fue diseñado como celebración de la nación estadounidense. Que esa nación tenga hoy un soundtrack caribeño es un hecho político antes que musical. No es solo entretenimiento; es geopolítica cultural. Es la evidencia de que las minorías que algunos intentaron silenciar están narrando la historia en tiempo real. Y cuando la música vuelve a ser política, la política tiene que escuchar.
Analista

