Después de siete meses en Valencia bien se pude decir que poco a poco mi vida ha empezado a tomar forma. El rompecabezas, solito, acomodando las piezas en su lugar. No ha habido prisa, pero tampoco todo el tiempo del mundo, vamos, una cosa es tener que esperar por cuestiones legales y otra muy distinta estar sentada todo el día rascándome la panza y, aunque también ha habido días de esos, cada vez son menos. Además, ya viene el sol…en las montañas y las playas, por aquí por allí, l@s chic@s quieren conocerle. Dicen. El folleto que yo leí no especificaba que con todo y lo ardiente del brillante astro “Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” y, por lo mismo salgo a la calle portando varias capas de ropa que empiezo a cargar conforme pasa el día. Pero esa es la historia de siempre. Lo que ahora la hace distinta es el levantamiento de las restricciones publicas que coincide con la temporada alta; se espera un gran arcoíris en el cielo, temperaturas arriba de los 26°C y, un mundo nuevo lleno de alegría, dinero y, mucha marcha. Yo solo he estado en Valencia en tiempos de covid y, según me cuentan, es otra cosa. Aunque la vida empiece a las 7am dura toda la noche y hay fiesta para todos los gustos y edades. Ya veremos.
Los turistas ya empezaron a llegar. Se distinguen por traer shorts y sombrero, un mapa, y cara de ¿what?, por no encontrar los grandes atractivos y edificios que la ciudad ofrece. Y es que ahora todo el centro de Valencia está en reconstrucción. Excavadoras, tractores, carretas llenas de escombros, vallas para coches y peatones, terrazas destruidas por esa máquina tan horrible que hace takatakataka cuyo nombre desconozco y que es un verdadero martirio; decenas de hombres con la mascarilla a medias y chaleco amarillo fosforescente. Los turistas no tienen a donde ir. Normalmente se paran en las esquinas de las avenidas centrales que dan del Mercado Central a la Plaza de la Reina, no lejos del Ayuntamiento, y buscan y buscan, pero no encuentran. Y tampoco preguntan. Los locales, por su parte, se preguntan porque hacer tanto cambio ahora y no durante el confinamiento, cuando nadie debía salir de casa. Y es que aquí el fin de semana uno va al centro. Familias, parejas, grupos de adolescentes y habitantes de las afueras que visitan la ciudad para ir de compras los sábados y, los domingos a dar un paseo por las calles y plazas de Ciutat Vella. Un cafecito por aquí, una caña por allá, helados para los niños, tal vez asistir al servicio de una de las muchas iglesias del área o visitar un museo. Para mi es refrescante ver gente en la calle, bajo el sol, ahora solo falta que me aprenda el nuevo horario de restricciones veraniegas para así asegurarme de ver y ser vista.
Ahora solo falta alistarme. Sacar de la maleta el vestidito playero, el sombrero y las chanclas, e ir a curiosear por los barrios que no conozco, los callejones escondidos, organizar un picnic en el Turia, o de plano rentar una bicicleta e ir rodando hasta la Ciudad de las artes y las ciencias, rentar allí un kayak por 15 minutos y sentirme así triatleta. Navegar en agua dulce se me antoja mucho, pero debo admitir que eso de la bicicleta me provoca un poco de ansiedad. Lo que bien se aprende no se olvida por lo que no es mi torpeza la que me preocupa sino el trafico ciclista y en patineta motorizada quienes parecen siempre ir con prisa, fin de semana o no.





