Enero
El mes de enero, con todo y el bagaje y pesadumbre del año anterior, es un mes que inspira, la puerta a nuevas de posibilidades, el principio de una nueva etapa. Su nombre viene del dios romano Janus, cuyo símbolo son dos caras: una vea hacia adelante, la otra hacia atrás. Enero, mes de los Reyes Magos, de Acuario y Capricornio, mes de promesas, resoluciones y buenas intenciones. Mi agenda es como un abanico de hojas blancas listo para ser llenado de colores y trazos locos, fechas y citas importantes, aventuras e historias del futuro. Me pregunto que me depara. En enero empieza el frio de verdad. Aquí en Valencia, donde la humedad es alta, el frio que se siente es de ese que llega hasta los huesos, que no se quita mas que estando bajo el sol. Este por su parte, se siente mas brillante que de costumbre bajo el cielo azul, siempre azul, haciendo imprescindible el uso de la gafa obscura. Los días son raros, cortos, como que no rinden tanto como yo quisiera y que no obstante tienen sus ventajas. Invierno europeo, le llaman.
Hace no tanto -creo- cuando la vida era otra, pase unos días invernales en Londres. Allí el frio es distinto, fúnebre, gris, el sol raramente aparece y de las calles heladas se respira un olor muy particular. En el mero centro, al lado de Trafalgar Square, se encuentra la iglesia Anglicana de St.Martin-in-the-Fields. Construida en el siglo XVIII, ofrece todos los servicios religiosos imaginables, cafetería, tienda de souvenirs y, conciertos, la razón de mi visita una tarde entre semana. Iluminado con velas y con cupo limitado, las cuatro estaciones de Vivaldi en vivo y a todo color. No se mucho de música clásica pero sé lo que me gusta, y el Invierno de este compositor no solo me pone la piel chinita sino que además me hace mover la cabeza de arriba para abajo durante toda la primera parte de la pieza, como metalera, sin poder evitarlo. Afortunadamente estaba sentada en la galería, con vista panorámica de la acción mas no muy visible y, las miradas raras se limitaron a la pareja sentada a mi lado.
En Valencia capital no cae nieve y qué bueno. La nieve es para la montaña o los grandes espacios blancos de aire mentolado, una cabaña en el bosque, rodeada de pinos, sentada frente a la chimenea acariciando conejitos, bebiendo ponche con piquete o chocolate caliente con churros, así, de postal cursi. O tal vez haciendo muñecos de nieve. Sus ojos y nariz serían piñas de todos tamaños y de brazos ramas con guantes, no tendría bufanda pero sí un sombrero elegante. La realidad de las cosas es que vivo en la planta baja de un edificio al que nunca llega el sol y, la calefacción deja bastante que desear de manera que llevo puestas cuatro capas de ropa y doble calcetín y aun así no logro entrar en calor; hace más frio adentro que afuera. Me consuela pensar que no hay pocas cosas tan molestas como una banqueta cubierta de nieve-hielo resbaloso, color suciedad de esas que aparecen en Nueva York, por ejemplo, donde encima de la ropa, paraguas, bolsa de efectos personales y, bolsa de compras del super, hay que caminar pasito a pasito como pingüino. Aquí lo que hay es lluvia, lluvia ligera, imperceptible, que no para en días, de esa que gradualmente se acumula, la que decimos que no sentimos, que forma charcos y a la larga empapa.





