Con el pretexto de ver a Trevor Horn en acción, recién pasé unos días en Londres. Son más de veinte el número de años que llevo viviendo fuera de Inglaterra, sin embargo, entre viejas amistades y parientes nunca he perdido contacto y, como no tengo a dónde llegar, aprovecho para conocer áreas de la ciudad hasta ahora desconocidas. En esta ocasión fue Shepherd's Bush, al oeste, territorio multicultural dominado por un enorme y moderno centro comercial. Como en buena parte de los países del mundo, los ingleses odian a su gobierno, la inflación está terrible, la capital para locos: Tráfico, polución, falta de vivienda accesible, inseguridad, jóvenes desilusionados, desesperanzados, haciendo maldades que los medios reportan como falta de aculturación y del cual las franjas racistas y extremas ven como una amenaza. Esa no fue mi experiencia. Si bien es curioso ser parte de lo que empieza a sentirse como una minoría, nunca nadie dijo que los caucásicos occidentales somos ni seremos mayoría. Cuestión matemática. En las calles y en las compras vi familias, parejas, grupos de personas de colores y sabores variados, el futuro. Teniendo en cuenta la tensión y aglomeraciones que surgen en estas épocas del año, la paciencia y buena voluntad por parte de todos fueron sobresalientes.

El caso es que dejé Londres para dirigirme al noroeste. Iba yo en el tren de A a B, uno de esos gallineros que se paran en todas las estaciones entre la salida y la llegada. En uno de esos tramos cortos se subieron dos chavos de raza mixta, vestidos de negro con capucha, de esos que aparecen en las estadísticas de lo negativo. Uno de ellos trataba de convencer al otro de no pagar su boleto: “Métete al baño”, le dijo y, el otro se paró, llegó al baño y se regresó. “Son ocho libras. Prefiero pagarlas a meterme en problemas” ¡Oh! ¡Música para mis oídos! Palabras sabias que me llenan de esperanza. Si uno de cada dos jóvenes pensara así, estaríamos del otro lado. ¿Sueños de opio? Tal vez no tanto; quisiera creer que como ese chavo hay muchos, de todas las razas y en todos los países, la cosa es tener la suerte de toparse con ellos y comprobarlo una misma.

Casos particulares existen, por supuesto, son los que llaman la atención, los que se mediatizan bajo distintas narrativas. El 1% se divierte provocando y viendo discutir al 99 restante. Pero hoy no me quiero clavar en eso. No me quiero clavar. Terminó 2025 y eso en sí ya es un logro. El año neblinoso, con tantas similitudes e incertidumbres comparables a 2020, se ha ido para no regresar jamás. Aplauso. La numerología afirma que está empezando un nuevo ciclo tanto a nivel individual como global, el reciclaje va en serio y me gusta la idea. A hacer lo posible para que el cambio sea positivo, sano, amable, que se reciclen las buenas costumbres, la ética y las buenas intenciones. Adelante 2026.

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