Una de las características principales de las ciudades de hoy en día es la omnipresencia de los vecinos, una de las muchas consecuencias de vivir en vertical. Ni siquiera estoy pensando en los mundos dentro de un mundo de los edificios de Hong Kong, por ejemplo, donde su altura y densidad refugian miles de almas, cada una con su historia y posesiones materiales. Mi última morada en aquella metrópoli fue en un piso 14 de un edificio de 25, nada espectacular ni comparable y, aún así, aprendí de música clásica (Chopin principalmente) cortesía del vecino de arriba, un chavito de no más de 18 años quien practicaba religiosamente todos los días a la misma hora. Aquí en Valencia el vecino de arriba también es pianista y compositor, aunque no tiene hora fija ni repertorio conocido. Pero todo bien. Entre semana termina el ruido a las 10 p.m. y las veces que organiza fiesta no solo avisa sino también invita. Tanto él como yo vivimos en el departamento de en medio de un edificio de tres por piso. Yo estoy en el quinto y como ya se está haciendo costumbre, mi residencia en distintos lugares del mundo ha ido mano a mano con reformas, rediseños y composturas de mis vecinos. El mío es un tino increíble.

Entonces, todo iba muy bien hasta hace casi tres semanas en que un ¡bang bang! me hizo sentir que la pared de mi departamento se me caía encima; para el sexto bang había yo identificado el sonido como proveniente del piso directamente abajo del mío y, así toda la mañana. Una hora para comer y a seguirle. Tres semanas, damas y caballeros, amables lectores. Y esto es solo el principio porque la reforma será total. Luego, arriba hay fuga de agua y humedades que, por supuesto, ya se pasaron a mi techo. Ya avisé a los implicados del moho que se está cultivando en mis paredes y, no me he quejado del ruido más que con Javi, el conserje, quien también está en el ácido con eso del polvo, y es que nadie ha aplicado la ley del buen vecino. La ley del buen vecino indica que un aviso a los accidentalmente involucrados es un gesto amable que no cuesta nada; sentido común que puede pagar con creces. Su ausencia puede provocar sentimientos de venganza como taconazos a todas horas o el bajo de la bocina a todo lo que da tan pronto se muden.

Viviendo en el otrora DF yo fui esa vecina en un condominio horizontal. Un martirio para todos por ser la mía la primera casa: polvo parejo. Yo sí estaba mortificada por la que llevé a cada residencia del pequeño complejo nota y galletas disculpándome por las molestias. No sé si sirvió de algo o le dieron las galletas al perro, pero yo me sentí mejor y espero me recuerden con cariño. Y es que la ley del buen vecino no es solamente la regla del silencio antes de las 8 am y después de las 22:00 sino algo más tangible: amabilidad y respeto en las áreas comunes, por ejemplo, no prender el cigarro en el elevador, detener la puerta para quien entra o sale, educación básica para cualquier ente decente. No se trata tampoco de estar listos con la taza de azúcar o recibir la visita no anunciada, simplemente algo de civismo, de educación y amabilidad. Si por desperfecto o capricho pasa algo que va a afectar el día a día de los vecinos, al menos tener la cortesía de avisar. Así una toma medidas y no la pillan desprevenida. No puedo arreglar el mundo, pero sí mejorar el entorno que me rodea, por algo se empieza.

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