Por Adrian Tandeé Villa Baca

El Mundial de Catar 2022 no fue un simple espectáculo deportivo: fue la revelación de cómo el futbol es hoy un dispositivo de captura total, una maquinaria global que administra emociones, pasiones y cuerpos. No se trató solo de un torneo: fue la puesta en escena de la dominación contemporánea. Mientras millones miraban las luces, los estadios climatizados y la coreografía global del entretenimiento, el Estado catarí ocultaba cuerpos explotados, disciplinaba a la prensa y convertía cada partido en un acto de propaganda.

Aquello que se presentó como un festival deportivo global fue, en realidad, un laboratorio de control. Bajo los fuegos artificiales se escuchaba, para quien quisiera oírlo, el ruido sordo de la máquina. El Mundial no celebró nada humano: celebró el triunfo del capital sobre la vida.

La FIFA, en alianza íntima con gobiernos y corporaciones, terminó por confirmar lo que siempre fue: un órgano sin rostro que administra pasiones para beneficios de unos pocos.

Nada en la elección de Catar respondió a la lógica del deporte, ni a una idea de comunidad, ni a la tradición futbolística. Todo en esa elección respondió a pactos de poder, redes opacas y la circulación global del dinero sucio.

En el futbol moderno, las empresas convierten todo en mercancía: los jerseys, el estadio, la emoción, la memoria. Y como toda mercancía, su brillo se paga con el trabajo de otros. Los trabajadores migrantes -convertidos en vidas reemplazables, reducidos a pura fuerza laboral sin derechos, sin rostro, sin nombre- sostuvieron con sus cuerpos la arquitectura que el mundo fotografió. Sus muertes, sus jornadas inhumanas, sus salarios miserables quedaron enterrados bajo los discursos de modernización y desarrollo.

Las reformas laborales anunciadas por Catar, tardías y cosméticas, funcionaron como todo gesto del poder en crisis: un intento desesperado de recomponer la fachada sin alterar la estructura. No hubo en ellas ningún compromiso real con la dignidad, sino la urgencia de responder a presiones externas, de minimizar el daño reputacional, de mantener en pie el espectáculo. La lógica fue clara: salvar la imagen, aunque no se salve la vida. El poder siempre encuentra formas de simular su propia transformación para asegurar su continuidad.

El mundial de futbol en Catar revela con claridad la función política de los megaeventos: fabricar una modernidad artificial en territorios donde la modernidad real fue negada. El sur global se convierte en el escenario donde se ensayan los delirios arquitectónicos y las fantasías securitarias de las élites políticas y económicas. No se construyen estadios, se construyen vitrinas. No se organizan competencias, se organizan escenografías del poder.

Bajo la narrativa de multiculturalidad, el Mundial mostró la persistencia de un neocolonialismo que distribuye prestigio hacia el norte y sufrimiento hacia el sur. Mientras los países ricos proyectan discursos progresistas y celebran la diversidad, sostienen en la práctica un sistema que continúa extrayendo vidas, recursos y dignidad de los países empobrecidos.

La dinámica es clara; el sur global paga los costos, el norte global acumula los beneficios. Catar, como tantos otros antes, funcionó como un punto de condensación del orden mundial: un estado-rentista convertido en vitrina y plataforma, dispuesto a sacrificar cuerpos y territorios a cambio de reconocimiento internacional. Los mega eventos como estos no son “fiestas del mundo”, son episodios intensificados de la explotación mundial.

A esto se añade el desprecio habitual del sistema económico por el medio ambiente. El mundial fue un evento contra el planeta. Estadios gigantescos ya convertidos en ruinas modernas, instalaciones que nunca fueron pensadas para la vida cotidiana sino para el flash del día inaugural, para la aeronave que sobrevuela el estadio, para el dron que transmite la postal perfecta.

El consumo energético fue delirante, climatizar estadios en el desierto mientras el mundo enfrenta una crisis climática irreversible es un gesto que sintetiza la lógica actual del capital. La huella ambiental del evento desmintió cada palabra sobre un supuesto “fútbol verde”. La lógica que gobierna este deporte no se conforma con degradar vidas humanas; también devora ecosistemas enteros para sostener su espectáculo.

Si se quiere evitar que el Mundial de México-Estados Unidos-Canadá en 2026 repita los mismos errores estructurales, no basta con cambiar reglamentos ni lanzar campañas sobre inclusión, sostenibilidad o responsabilidad social. Eso no es más que gestión cosmética. Lo que está en juego exige desmantelar el monopolio organizativo de las élites y arrancar el control del fútbol de las manos de quienes lo transformaron en una maquinaria extractiva. La FIFA debe someterse a inspecciones independientes, garantizar condiciones laborales reales, asegurar transparencia total en los procesos de adjudicación y, sobre todo, rendir cuentas a las comunidades afectadas, no a los patrocinadores que financian su inmunidad.

Del mismo modo, los países anfitriones deben comprometerse con algo más que la construcción de infraestructura. Tienen que renunciar a la lógica del despojo, asegurar que lo construido sirva a la población después del evento, proteger las vidas que sostienen el espectáculo y evitar los desplazamientos forzados. Pero nada de esto vendrá desde arriba. La historia enseña que las transformaciones auténticas no nacen de los consejos de administración ni de los comunicados oficiales, sino de la presión de los movimientos sociales, de las comunidades organizadas, de quienes se atreven a cuestionar la normalidad corporativa. Ninguna pasión colectiva puede sobrevivir si se deja en manos de las corporaciones, porque las corporaciones no saben lo que es una pasión; solo saben lo que es una marca.

Un mundial debe ser un espacio común, una fiesta del mundo para el mundo. Pero solo ocurrirá el día en que dejemos de delegar nuestra vida a las estructuras que la parasitan, cuando el fútbol deje de ser una mercancía y vuelva a ser un lugar donde la comunidad se re-enuncia a sí misma. Un espacio no de publicidad, sino de presencia; no de vigilancia, sino de encuentro; no de consumo, sino de vida compartida. Solo entonces -y no antes- habrá algo que celebrar.

Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales del CIDE.

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