Por Kira Varela Excelente

El debate sobre si América del Norte existe como región es cada vez más visible. A diferencia de la Unión Europea, no hay un sentido claro de pertenencia compartida entre Estados Unidos, Canadá y México. Aunado a esto, las tensiones migratorias, las disputas arancelarias y las diferencias ideológicas dificultan cualquier proyecto de integración. En ese contexto, la decisión de la FIFA de otorgar la organización de la Copa Mundial de 2026 a los tres países constituye un hecho inédito que obliga a repensar la idea de América del Norte.

El Mundial no es únicamente un espectáculo deportivo. Lo anterior porque, al convertir a América del Norte en el primer anfitrión trinacional, se envía un mensaje simbólico de unidad. Los tres socios norteamericanos aparecen en el mismo escenario, compartiendo logística, estadios y una narrativa que trasciende lo futbolístico. Esto no solo fortalece la proyección internacional de cada país, sino que también abre un espacio para cuestionar la fragmentación que marca hoy a la región.

Sin embargo, sería ingenuo esperar que un torneo resuelva los problemas estructurales.

México enfrenta una violencia insostenible que afecta su credibilidad internacional.

Estados Unidos, bajo la influencia de movimientos como “Make America Great Again”, mantiene una postura hostil hacia la migración y poco inclinada a aceptar esquemas de integración.

Canadá, por su parte, ha mostrado distanciamiento frente a Washington y un rechazo activo a las tensiones políticas que genera. Incluso la movilidad de los propios ciudadanos para asistir al Mundial podría verse limitada por la exigencia de visas y las restricciones fronterizas.

Entonces, ¿cómo puede un torneo de futbol dejar huella en medio de tanta fricción? El verdadero valor de la Copa Mundial es sutil y pragmático: introduce algo escaso en la región: un lenguaje común. Por primera vez, tres países en desacuerdo deben coordinarse en logística, seguridad y movilidad bajo una misma bandera simbólica.

El evento funciona como un espejo cultural inevitable. Durante un tiempo, la narrativa global sobre América del Norte será controlada por el torneo. Las televisoras internacionales mostrarán imágenes de aficionados estadounidenses celebrando en el Estadio Azteca y de canadienses disfrutando de un partido en Kansas City. Esta exposición mediática no borra los estereotipos, pero sí los confronta directamente con una realidad más compleja.

Obliga a los ciudadanos de los tres países a verse, al menos temporalmente, como socios en un proyecto de alto perfil, en lugar de adversarios en una disputa fronteriza. Se crea una “burbuja” de normalidad y colaboración que, aunque temporal, demuestra que es posible.

Finalmente, el torneo ofrece una plataforma inigualable para construir una narrativa de identidad regional de cara al mundo y, crucialmente, para consumo interno. El lema oficial, “WE ARE 26” (SOMOS 26), intencionadamente plural, busca proyectar una imagen de unidad en la diversidad. Esta narrativa se materializa en iniciativas culturales concretas, como los “Sonic IDs” del Mundial, donde productores musicales de cada una de las 16 ciudades sede, desde el Instituto Mexicano del Sonido en la Ciudad de México hasta DJ Jazzy Jeff en Filadelfia, han creado identidades sonoras únicas que formarán parte de la banda sonora global del evento. A esto se suman los posters oficiales diseñados por artistas locales, que fusionan la iconografía del fútbol con símbolos culturales de cada ciudad. Aunque parezcan gestos simbólicos, son fundamentales para que los ciudadanos de los tres países se vean reflejados en un proyecto común.

Por lo tanto, el optimismo no debe ser ingenuo. Es muy probable que, una vez termine el torneo, las tensiones políticas retomen foco. Sin embargo, el legado no será una identidad norteamericana consolidada, sino algo mucho más práctico: la creación de una memoria institucional de cooperación. La Copa del Mundo no es la solución, pero sí es el diagnóstico que revela la capacidad funcional de la región.

Comentarios