Por Megan López Carreño

Por primera vez, tres países —México, Canadá y Estados Unidos— organizarán conjuntamente un campeonato mundial de futbol. La revelación de las tres mascotas oficiales de la Copa Mundial de la FIFA 26™ —Maple™, el alce canadiense; Clutch™, el águila estadounidense, y Zayu™, el jaguar mexicano— ponen de relieve su dimensión más allá del ámbito estrictamente deportivo.

El proyecto se presentó de forma muy entusiasta como un proyecto de integración regional; sin embargo, es inevitable preguntarnos, a escasos meses de su inicio, si los intereses domésticos terminarán por fragmentar la relación multilateral de los países involucrados.

Con las crecientes amenazas del presidente de Estados Unidos, la Copa Mundial 2026 se inserta en una dinámica política marcada por la polarización. Trump sostiene sus políticas antimigrantes y cada vez se vuelve más rígido en sus medidas. A pesar de que las autoridades estadounidenses han aclarado estos rumores, e indican que no debería haber riesgo para los turistas al entrar al país, la incertidumbre se mantiene hasta el momento.

Por otro lado, Canadá busca aprovechar sus ciudades sede como una ventana de oportunidad para el turismo. Sectores de la opinión pública de ese país se preguntan si invertir en estadios y logística es coherente con un país que enfrenta retos en vivienda y servicios sociales. En este contexto, la presión ciudadana podría comprometer la participación canadiense y con ello la derrama económica que tiene prevista.

México, por su parte, vive el contraste entre la expectativa global y las necesidades locales. La narrativa oficial insiste en que el Mundial será una oportunidad para proyectar cultura y modernidad, pero las periferias urbanas donde se ubican los estadios revelan abandono y desigualdad. Aquí el desafío radica en conciliar las demandas de infraestructura internacional con medidas de seguridad, movilidad y recuperación de espacios públicos permanentes para los habitantes. Si se prioriza la vitrina turística sobre la vida cotidiana, el legado será cuestionable.

La realización conjunta del Mundial dependerá, en última instancia, de si los tres países logran subordinar sus intereses domésticos inmediatos a un objetivo común: mostrar que Norteamérica puede organizar el evento deportivo más grande del planeta de manera integrada, eficiente y justa. De lo contrario, la Copa será recordada por los desafortunados conflictos internos que impidieron convertirla en un verdadero símbolo de cooperación regional.

Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales del CIDE.

Comentarios