Por Silvana Bianchessi Stieglitz

El deporte siempre ha sido esencial para la sociedad. Ha trascendido barreras de lenguaje y cultura para representar sueños capaces de pausar diferencias y unir las voces bajo una misma pasión.

La Copa Mundial del futbol, celebrada cada cuatro años, es su máxima puesta en escena: un espectáculo global con más de 3.500 millones de espectadores que detiene al mundo entero por noventa minutos. Las imágenes de personas sosteniendo en alto sus banderas mientras animan a sus equipos evocan en nosotros un sentimentalismo y un patriotismo que conmueve a millones.

En 2026, por primera vez, el torneo tendrá tres anfitriones —México, Estados Unidos y Canadá— con la participación de 48 equipos y la expectativa de recibir a más de seis millones de turistas. Sin embargo, en cada Mundial existe una sombra de sufrimientos y secretos políticos, y la Copa 2026 no es la excepción.

Estos espectáculos deportivos no son inocentes, pese a los momentos tan memorables que los inmortalizan. Para algunos, la Copa Mundial no es más que un “teatro geopolítico”; un escenario donde los gobiernos proyectan narrativas nacionales, rehabilitan su imagen internacional o esconden miserias internas. En manos de la FIFA, la Copa es, en realidad, un arma oculta de soft power, que a menudo ha servido para maquillar abusos de derechos humanos y legitimar a regímenes autoritarios manchados por los abusos hacia sus pueblos.

México conoce bien esta ambigüedad. El 2 de octubre de 1968, a días de inaugurar los Juegos Olímpicos, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, ordenó una represión violenta, la Matanza de Tlatelolco. Este suceso marcó la memoria colectiva de los mexicanos, que hoy continúan marchando bajo el lema “el 2 de octubre no se olvida”. La cifra oficial habló de 44 muertos; organizaciones civiles estimaron hasta 300.

El motivo detrás fue silenciar el descontento social con tal de que la vitrina internacional mostrase un país estable y en progreso. Lejos de condenar la violencia, ni la ONU ni los organismos deportivos internacionales se pronunciaron contra el gobierno mexicano.

Dos años después, México recibió sin cuestionamientos el Mundial de 1970, que pasó a la historia por varios hitos. Fue el primero televisado a color, coronó a Pelé en su tercera gloria y encendió la era comercial del torneo. Paralelo a la inauguración de la Copa Mundial, el país atravesaba la Guerra Sucia: a la par que el mundo celebraba el “jogo bonito”, en México se encarcelaba, se desaparecía y se asesinaba.

En 1986, la historia tomó otro giro: fue una luz de esperanza para los mexicanos. Tras el terremoto de 1985, el cual dejó miles de muertos y devastación en el corazón del país, México asumió —en reemplazo de Colombia— la sede de la Copa. Las consecuencias del terremoto fueron tales que incluso se pensó que el Mundial sería cancelado. Muchos dudaban de la capacidad de México para sostener un torneo de tal magnitud debido a la crisis económica, la infraestructura dañada y la fragilidad política. Sin embargo, el Mundial se jugó: entre estadios repletos y la euforia de “la mano de Dios” de Maradona, México se mostró como un país capaz de erguirse en medio del desastre. De este modo, la Copa fungió como balsámico para la dolencia de miles de mexicanos. Tal como aseguró el legendario Hugo Sánchez, el Mundial del 86 fue “la alegría que hacía falta” tras la tragedia.

Estas situaciones, aparentemente opuestas —el silencio cómplice frente a la represión en 1968 y la catarsis colectiva en 1986—, en realidad son dos rostros de la misma moneda: el deporte es una herramienta política que sirve a los intereses de los gobernantes. En ambos casos, México aprovechó su situación de anfitrión para proyectar una imagen positiva en el escenario internacional. Aunque los detalles difieran, esto solo explica que la estrategia se adapta a los contextos necesarios.

Hoy la duda no merma. Pese a que la FIFA promete que no se sacrificarán derechos humanos ni se tolerará ningún grado de corrupción, sus antecedentes invitan al escepticismo. Este evento comienza a presentar dificultades e incertidumbres.

Estados Unidos, bajo el segundo mandato de Donald Trump, enfrenta tensiones sobre migración, libertades civiles y una crisis de opioides, hasta una ola de personas en situación de calle que afecta a comunidades enteras.

A su vez, México carga con su propia cruz: la violencia del crimen organizado, la corrupción política y una ola de gentrificación que desplaza a miles de habitantes a la periferia ante la crisis inmobiliaria.

Canadá, aunque más estable, tampoco está libre de cuestionamientos sobre su trato a comunidades indígenas y problemas ambientales. Esto, sin contar las tensiones de política exterior que han incrementado en el último año entre estos tres países.

La FIFA lo sabe. Tanto que, junto con los países anfitriones, ha diseñado protocolos especiales de seguridad frente a terrorismo, crimen organizado y amenazas masivas. Las mecánicas de prevención a posibles amenazas ya están planteadas, mas, ¿qué hay de la protección para las personas que protesten, a los migrantes que incomoden la narrativa oficial, o a quienes cuestionen el espectáculo?

El Mundial, al final del día, refleja únicamente lo que cada país quiere mostrar y entierra lo que el mundo prefiere no mirar. En 1970, los goles de Pelé opacaron las desapariciones en México. En 1986, Maradona eclipsó la negligencia del gobierno mexicano ante el terremoto. En ambos casos, los partidos se celebraron sobre el sufrimiento provocado por la represión estatal. En 2026, ¿qué será lo que silencien los cantos de celebración?

La historia ha demostrado que en las canchas se juega también la política. Y, lamentablemente, en este teatro global pocas veces gana la justicia.

Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales en el CIDE.

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