Por Ana Lucía Sánchez Fuentes
En junio y julio de 2026, Estados Unidos, México y Canadá serán sedes de la Copa Mundial de Futbol. Aunque se trata de un esfuerzo trilateral anunciado en 2017, la distribución de las sedes revela un claro desequilibrio: once ciudades estadounidenses serán anfitrionas de partidos, frente a solo tres en México y dos en Canadá. Esta disparidad evidencia el peso económico y de infraestructura de Washington, pero también proyecta un objetivo político más profundo: aprovechar los megaeventos deportivos como mecanismos de legitimación y de reafirmación del poder blando.
El regreso de Donald Trump a la presidencia en 2025 ha intensificado este proceso. Desde sus primeras semanas en el poder, el mandatario reactivó tensiones comerciales al imponer aranceles unilaterales contra aliados y rivales por igual. En un contexto de crisis económica interna, polarización política y cuestionamientos internacionales, la apuesta de Trump parece ser utilizar el Mundial de 2026 y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 como plataformas para proyectar estabilidad, modernidad y grandeza. El discurso del “Make America Great Again” incluye no solo el terreno militar y comercial, sino también el cultural y deportivo.
La administración de Trump deterioró canales de confianza con aliados mediante salidas de marcos multilaterales, aranceles a socios y debilitamiento de instrumentos de proyección internacional. Ese costo reputacional limita los márgenes de cooperación. Asimismo, los problemas internos elevan la demanda de símbolos de estabilidad. La competencia con China y el ascenso de las diplomacias culturales asiáticas incrementan la necesidad de señales de liderazgo no coercitivo. El Mundial y las Olimpiadas permiten saturar agendas mediáticas y fijar narrativas positivas. Washington busca transformar estos eventos de alta visibilidad en amortiguadores reputacionales que recompongan su autoridad ante la comunidad internacional.
La instrumentalización política de los megaeventos deportivos no es novedosa. Los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 pese a denuncias de censura y represión, consolidaron una narrativa de ascenso disciplinado y modernidad tecnológica. Sudáfrica 2010 marcó un punto de inflexión al mostrar modernidad dentro de un continente frecuentemente asociado a la marginación. Incluso París 2024 buscó transmitir cohesión y estabilidad tras meses de intensas protestas sociales. En todos estos casos, los gobiernos anfitriones recurrieron al deporte como vitrina internacional de legitimidad. Estados Unidos parece seguir esa misma lógica, pero con un matiz: el intento de contrarrestar un déficit de legitimidad interna mediante una narrativa cultural de proyección global.
No obstante, el éxito de un megaevento no depende de la ausencia de problemas internos, sino de la capacidad del país anfitrión para administrar la disonancia entre imagen proyectada y realidad doméstica. En el caso estadounidense, la dificultad radica en que la polarización política, las tensiones migratorias y la crisis económica podrían amplificarse mediáticamente al punto de erosionar la narrativa de grandeza. El riesgo no es la existencia de conflictos internos, sino la incapacidad de Estados Unidos para ocultar o reencuadrar esas fracturas en una historia convincente hacia la audiencia internacional.
El desafío es aún mayor porque el monopolio cultural de Estados Unidos ya no es indiscutible. Durante buena parte del siglo XX, Hollywood, la Liga de Basquetbol NBA y la música popular consolidaron la hegemonía cultural estadounidense. Sin embargo, en las últimas dos décadas, actores como Japón y Corea del Sur han desarrollado estrategias exitosas de diplomacia cultural. El programa Cool Japan buscó posicionar al país a través del anime, el manga, la gastronomía y el diseño, construyendo un capital cultural atractivo y sofisticado. Corea del Sur, por su parte, con la K-Wave o Hallyu, ha convertido al K-pop, los K-dramas y el cine en fenómenos de alcance global, consolidando una influencia cultural que combina espontaneidad, innovación y atractivo juvenil.
La comparación no es menor. Mientras Japón y Corea apelan a un poder blando sostenido en la atracción voluntaria y en la capacidad de sus productos culturales para conquistar audiencias, Estados Unidos bajo Trump parece depender del despliegue espectacular y del gigantismo deportivo. La entrada de figuras de Hollywood o los conciertos masivos durante ceremonias olímpicas evocan un patriotismo cultural que, aunque poderoso en el pasado, hoy podría percibirse como repetitivo o forzado frente a las nuevas dinámicas de consumo cultural global.
En este contexto, el Mundial de 2026 y los Juegos Olímpicos de 2028 representan una oportunidad y un riesgo. Si la narrativa de grandeza estadounidense logra imponerse, Trump podría revitalizar la imagen positiva de su país y contrarrestar las críticas a su política exterior y doméstica. Pero si las fracturas internas se imponen sobre la narrativa proyectada, Estados Unidos se enfrentará a la paradoja de exhibir magnificencia en el escenario global mientras lidia con una crisis de legitimidad hacia adentro. La pregunta de fondo es si, en la era de la globalización cultural, los megaeventos deportivos siguen siendo suficientes para sostener la hegemonía simbólica de una potencia en disputa.
Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales del CIDE.

