Vuelve el capitán Alatriste. Esta vez en el París del cardenal Richelieu a principios del siglo XVII, ministro de gran poder. Vuelve envuelto en un entramado del que se va enterando poco a poco. Con la habitual portada amarilla, Alfaguara, del grupo Penguin Random House, publica de Arturo Pérez-Reverte, la octava entrega de la saga del capitán, Misión en París, en septiembre de 2025, en España, con un Diego Alatriste por el que no pasan los años, aunque él señale lo contrario, acompañado del joven Íñigo Balboa, Sebastián Copons, Juan Tronera y el infalible Francisco de Quevedo que pronto regresa al Madrid de Felipe IV y del poderoso valido conde duque de Olivares, enemigo jurado del cardenal.

Es noche cuando los españoles llegan a París para ponerse a las órdenes del conde de Guadalmedina. Los espera Balboa que a la sazón es correo del rey. Esto ocurre en el palacio de un noble francés donde Alatriste acordará un duelo con un caballero que resulta ser Athos, nada menos que uno de los mosqueteros de Dumas que seguramente medio planeta conocemos, igual que a sus compañeros. Les gustará lo que ocurre para que D’Artagnan e Íñigo se estrechen la mano. Es posible que a todos les guste el homenaje que el autor hace a este padre de la narrativa de aventuras. Esa que no tiene edad.

Mientras los nobles beben vino y hacen compromisos que no van a cumplir, Diego Alatriste espera. Los han traído para algo y es hora de que no se entera. ¿Por qué los hicieron venir? Misterio. Balboa se reencuentra con Angélica de Alquézar y aunque su amor es prohibido, no se detienen en detalles incluyendo el próximo matrimonio de ella. También se topan de nuevo con los mosqueteros pero sin consecuencias. Antes de marcharse, Quevedo le deja un mapa al capitán de La Rochela, territorio protestante. De manera que cuando reciben la orden de acompañar al conde a ese lugar, las cosas empiezan a tomar sentido. Los ingleses apoyan a los protestantes aunque sin ensuciarse las manos.

Estando en este lugar, al fin se enteran para qué los han llamado. El capitán Alatriste lo toma con calma, conoce a los hugonotes que estarán en la misión, comunica a su gente de qué va el asunto y se preparan. No se alteran demasiado, están mentalmente preparados para misiones imposibles donde se juegan el cutis y no ponen reparos. Simplemente se sorprenden y se encomiendan a Dios. Es el momento en que Alatriste comprende el sentido del mapa que le dio Quevedo y que se aprendió de memoria. La misión es nocturna, incluye una travesía por pantanos entre cañas bravas e intensa lluvia, además de los vigilantes de una fortaleza que deben asaltar. Avanzan en las sombras de la noche. Al llegar al castillo salen a relucir las espadas y corre la sangre.

Leer a Arturo Pérez-Reverte es convivir con una escritura perfecta, llena de guiños y sorpresas. En este caso, debemos agregar la manera en que da vida a expresiones del siglo de oro español, que es la época en que estos personajes vivieron sus aventuras. Ya he contado que Leonor y su servidor leemos novelas en voz alta en el desayuno y Misión de París la leímos justo en ese momento. Debo agregar que sucedió cuando estaba convaleciente de una enfermedad que me impidió celebrar las fiestas de diciembre como acostumbramos. Así que lo mejor de este tiempo, fue la novela. Lectoras y lectores de EL UNIVERSAL, que tengan un 2026 lleno de salud y buenos libros.

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