“La vida alegre”, de Daniel Centeno

Élmer Mendoza

Aunque no lo pretenda, la literatura está aquí para darnos momentos únicos en que podemos ser lo que hemos soñado

Cuando lo que cuenta una novela transcurre en el mundo de los músicos, y además el autor es venezolano y señala discretamente la tortuosa situación de ese país, uno piensa que las Letras no tienen fronteras, que la literatura venezolana estará donde estén los autores del país de la belleza o donde estemos sus lectores, sobre todo los que nos agrada lo que escriben los colegas de este inmenso y desgarrado continente que al parecer, no merecemos. “Ese hombre estaba destinado a la gloria”, escribe Centeno, “lo que pasa es que nació venezolano, y acá nos jodimos todos.” La novela en cuestión es La vida alegre, publicada por Alfaguara del grupo Penguin Random House, en México, en noviembre de 2020.

Daniel Centeno Maldonado nació en Barcelona, Venezuela, en 1974. Es un creador de personajes. Los que conviven en esta novela, Dalio Guerra, un cantante de boleros que al parecer ha perdido la potencia de su voz; Poli, un chico que deja de trabajar en un restaurante para convertirse en agente del Ruiseñor de las Américas; además Honorio, Marcela, Atanasio, Rosita, Vickie, Vitico, varios más, y el tremendo Mano de Piedra, que dejaré que usted descubra para su regocijo. La novela tiene un principio espectacular donde el Ruiseñor apenas consigue escapar con vida. Se ve obligado a regresar a Venezuela donde conoce a Poli, un exrockero que no se puede acostumbrar al fracaso, sobre todo porque el grupo en que tocaba ha triunfado con canciones suyas, por las que recibe cero beneficios. Dalio, que sabe vivir como estafador lo embauca para que le pague cuentas y le ayude a mantener a su hijo Atanasio. Señalo de una vez que La vida alegre está llena de humor. Hay personajes con vida. Honorio, padre de Poli, es un jubilado que apuesta en el hipódromo, gana una fortuna y no le niega ayuda a su hijo. Marcela, la mamá, tiene visiones, se le aparece la Virgen del Valle que la mantiene asustada. Atanasio es un inútil que depende de su papá. Poli, está cerca de los 30 y aún es virgen, y eso es un martirio que le cuesta sobrellevar. Imagine usted, en esa tierra de chicas tan lindas. Debo señalar que su única pretendiente es Rosita. Ya la conocerán. Por favor no se enamoren.

Con estilo directo, pleno de recursos lingüísticos, Centeno conduce sus personajes por una serie de situaciones que los lleva hasta una playa apartada donde debe presentarse el Ruiseñor. Ha interpretado una canción de Poli y tuvieron al menos una nota de prensa favorable, lo que da confianza a Dalio, que poco a poco recupera algo de su voz. El acuerdo entre el Ruiseñor y Poli les va a llamar la atención; por absurdo, claro, pero es un punto que el autor desarrolla perfectamente, mientras indica, “la democracia del malvivir ya había llegado a todos los rincones” del país que nos hizo amar Rómulo Gallegos. Desde luego, menciona cantantes que dieron identidad a la música latinoamericana. Van algunos que vale la pena escuchar: Agustín Lara, Daniel Santos, Héctor Lavoe, Bennie Moré, Celia Cruz, Olga Guillot, Bienvenido Granda, Dámaso Pérez Prado, etcétera, y esa penetrante declaración de Dalio que asegura: “Sin las mujeres, el bolero no existiría”. Aunque no lo pretenda, la literatura está aquí para darnos momentos únicos en que podemos ser lo que hemos soñado. En que podemos pensar que podemos aspirar a la excelencia, y que personajes tan maltrechos como los de La vida alegre son un principio para desear que en el futuro todos estemos mejor. 

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