Mónica Lavín escribe, teje historias con palabras. Una sábana con parches de cuatro tonos que en realidad son una guitarra de cuatro cuerdas o un platillo de cuatro aromas, ¿o serán las cuatro caminos de José Alfredo donde Becket esperaba a Godot? Sabines no lo sabe de cierto pero lo supone, y Cheever dice que “escribir ficción es experimentar”, sacar las castañas del fuego, viajar en el tiempo, leer a Capote, convencerse de que “todo escritor quiere la complicidad de la otra orilla, alguien que tome las palabras como si fueran una cobija y se envuelva con ellas”. O sea, hay cuatro formas de decir salud, más la suya.

Mónica Lavín es grande por su constancia, por esa capacidad nada sutil de mezclar caracteres, de correr todos los riesgos, de ser una escritora de su tiempo. Con la solidez de su estilo toma retazos de las vidas y leyendas de Carson McCullers, Katherine Anne Porter y Eudora Welty, tres grandes escritoras norteamericanas del sur, donde también nacieron Faulkner, Bob Dylan, la gran Janis, el increíble Armstrog, vive el querido Cormac McCarthy y desde luego, lugar de Truman Capote que en esta novela es el Virgilio de la narradora Lavinia Melín, que presentó su nueva novela en la reciente FIL Culiacán con gran éxito de público. ¿Por qué hace eso Capote? Simplemente por ayudar.

Hay una escritora que no consigue armar una novela y necesita escuchar cómo se resuelven ciertos problemas de creatividad de la boca de tres autoras que en su tiempo no la llevaron fácil. Quizá usted leyó a las tres, o tal vez solo a McCullers, que es la que está en la mayoría de las librerías.

Parte de la novela transcurre en una residencia para artistas. En el principio, las tres escritoras más Beth, bella joven que desea escribir, van al lago del lugar para nadar. Las mencionadas se meten al agua pero Beth, extiende una toalla amarilla en la grama y desaparece. ¿Por qué? En la novela cada autora atesora cierta culpa y nos enteramos de la relación de cada una con ella. Incluyan a John Cheever que vive en una cabaña alejada pero que las cuatro buscan. Es buen amigo, buen bebedor y buen amante. Las tres fueron a ese retiro para escribir, pero la repentina desaparición de Beth las pone en crisis de tal suerte que abandonan la residencia sin mirar al lago. Lavinia encuentra la manera de regresar del siglo XXI a 1955, cuando las escritoras coincidieron en la casa. Por supuesto que consigue conversar con cada una de ellas pero le adelanto, las conclusiones las deberá sacar usted. ¿Qué exige esta novela? Una lectura atenta y una copa a la mano.

Algunas frases los dejarán flotando, “el cuento es la literatura del nómada”, “los cuentos siempre son heridas de engañosa costra”, “las vidas simples no hacen Historia”. Aquí dejo las citas. Me gustaría que reflexionaran en la última que, sin duda, es un espejo empañado que les exige limpiar. Ustedes leen EL UNIVERSAL, un diario donde las ideas sacuden. Entonces seguro leerán La ausencia de Mónica Lavín, una novela donde personajes de la historia de la literatura conversan de esas pequeñas debilidades que provocan mirar el mundo con ojos de clavadista en Acapulco, donde el agua, eso tan sencillo, es la salvación. ¿Saben por qué hay una mano con guante en la portada? Sepan que es esa voz que traspasa los años y que ahora mismo buscaré un trago para celebrar la vida eterna de estas mujeres que le pusieron nombre al sur, ese rincón donde nació el blues y muchas maneras de pasar la noche.

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