¿Cómo ayudar a un país de suicidas?

Élmer Mendoza

Las razones de la gente que se suicida son varias; al menos en la que conocí y que llevó a cabo su deseo, observé pocas coincidencias. En nuestro país un grupo de yucatecos exigió que abrieran los parques y señaló que no les importaba morir. Imaginen. Con todo lo románticos que son y lo especiales que son los parques, la lluvia y otras cosas. ¿Se acuerdan de la canción de The Cowsills, “The Rain, the Park And Others Things”? Dios mío, 1967, cuántos corazones empapados. El confinamiento tiene sus cosas y la más terrible es que nos pone frente a nosotros mismos, ¿quiénes somos?, ¿tenemos lo que merecemos?, ¿nos ha ido bien en la vida?, ¿estamos conformes?

Entonces aparece un maldito túnel del que sabemos, si entramos, podríamos salir lastimados. Es verdad que el gobierno federal no ha sido contundente cuando habla de la necesidad de quedarse en casa para no infectarse. No explica con claridad que es prioridad no tener contacto con otros que sin saberlo podrían traer el Covid y contagiarnos. No se han atrevido a señalar que una persona infectada tiene pocas posibilidades de salvarse porque nuestro sistema de salud carece de medicamentos y suficiente equipo para el combate al coronavirus y cada día nuestros trabajadores de la salud están cayendo abatidos y el equipo especial importado llega a cuentagotas y han dicho que parte de él no funciona. Todos los médicos, enfermeras, camilleros, choferes de ambulancia o afanadores de hospitales en el frente de batalla saben que los enfermos los necesitan, que el efecto de los medicamentos es incierto, pero que no se pueden rajar. Por eso protestan y exigen insumos suficientes, por eso no temen señalarle al doctor que da los informes que no confían en él. Claro, ellos ya perdieron la cuenta de los muertos y de los infectados.

La Ciudad de México se percibe bastante vulnerable, aunque la Jefa de gobierno es más clara que el Presidente y no teme tomar medidas extremas, al parecer un numeroso sector de la población no puede quedarse en casa. Necesitan trabajar para comer y los pequeños negocios que recibieron 25 mil pesos ya se los acabaron. La gente sabe que puede morir, pero no se queda en casa. Prefiere exponerse, infectarse y convertirse en recuerdo porque a lo mejor ni siquiera llega a las estadísticas vespertinas. Suicida, pues. La diferencia es que estos suicidas enfrentan un enemigo invisible y letal y ninguno quiere morir. Son soldados que defienden su patrimonio. La mayoría ya se dieron cuenta de que están abandonados, que los políticos por los que votaron andan, unos cuidándose a sí mismos, y otros cuidando al jefe del “Amor eterno”. Por cierto, uno de ellos expresó que lo que debería amar eternamente es la eternidad. No le entendí. Desde luego, el reclamo es para los políticos de todos los partidos que deberían ver que hay un pueblo pobre que verdaderamente necesita apoyo. Señoras y señores: les toca.

Con gusto señalo que los gobernadores se han mantenido cerca de su gente. No pocos, con Pavlovich, han tomado medidas extremas y se han hecho responsables de la salud de su población. Con los que no pueden son con los suicidas; a ver, ¿qué hace una caterva de irresponsables haciendo fila para comprar un pastel o una pizza para celebrar el Día del niño? Al menos en Culiacán el tema fue muy agresivo; vimos fotos de una larga fila donde nadie guardaba la sana distancia y pocos usaban cubrebocas. Incluso se reportó que un paciente pronosticado con Covid escapó y antes de llegar a casa hizo cola para comprar uno de las Tres leches.

Sé que a mis paisanos les gusta jugar dados con la muerte, que beben con ella, que le enseñan cómo se dispara un arma de uso exclusivo del Ejército norteamericano y la obligan a hacer gárgaras con tachuelas. Si se resiste, la amenazan con darle tabla y la huesuda termina por ceder. Piensa en su pobre trasero. Suicidas por donde lo vean. Sabemos que los hospitales están a tope y que la ayuda federal no ha llegado como se esperaba. ¿Es la manera de ayudar a un suicida? Si el infectólogo sueco, que no cree en las cuarentenas, tiene razón cuando vaticina: “No importa lo que se haga, todos se van a contagiar” y agrega que la salvación está en la vacuna cuando la inventen, pues ya la hicimos; ¿qué más da unos miles de muertos más? Por lo pronto, ¿cómo podemos ayudar a estos suicidas, que muchos ni siquiera saben que lo son? Llamen a los que puedan y adviértanles que hasta los panteones están llenos.

 

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