Las elecciones del 6 de junio en México y Perú acaban de realizarse y los resultados están aún frescos. En ambos casos los candidatos recurrieron a símbolos religiosos para legitimar sus propuestas. Perú tiene como religión sostenida por el Estado a la Iglesia Católica y México se ha definido como un modelo de estado laico; los dos países aparentemente están en los extremos de las relaciones estado-iglesias, pero los comportamientos de los principales partidos han tenido ciertas semejanzas que me parece importante analizar para una mejor comprensión de las semejanzas en la cultura política latinoamericana.

Desde 1997 nuestro equipo de investigación estudia la utilización de los factores religiosos en los comportamientos político electorales. Algunos politólogos, con un escaso conocimiento del campo político religioso, han supuesto que la adscripción a una creencia religiosa es un factor importante para definir el comportamiento electoral de los creyentes de las mismas, también suponen, equivocadamente, que los feligreses votarán siguiendo las instrucciones de sus Jerarcas. Otro error habitual es suponer que la mayoría de la población evangélica es conservadora y votará siguiendo las instrucciones de un liderazgo religioso (tanto católico como evangélico) que tiene un discurso conservador. Complican el panorama, las declaraciones de supuestos expertos que en su mayoría se dedican a leer y repetir lo que dicen otros especialistas en lugar de generar su propia información de campo.

En nuestras investigaciones de campo pudimos constatar que es muy reducido el número de feligreses que está dispuesto a seguir las instrucciones de su liderazgo, no más del 6%. En esta perspectiva podemos afirmar que la separación estado-iglesia es una realidad, pero entre un tercio y el 42% de los votantes tiene en cuenta los valores personales de los candidatos y los políticos en turno, en tanto los aplican en su actividad cotidiana.

El candidato temeroso de Dios

La pista nos la dio una pregunta aparentemente neutral y algo ambigua: si “les parecía importante que el candidato ganador fuera creyente”. Las respuestas que obtuvimos fue que “si fuera creyente tendría miedo a la justicia divina” y por lo tanto “sería menos ladrón, corrupto” y una larga lista de adjetivos negativos hacia los políticos. En las distintas investigaciones realizadas, el candidato temeroso de Dios oscilaba entre el 32% y el 42% de los entrevistados. Cabe señalar que a los entrevistados no les interesaba una denominación religiosa específica, sino que definían una cualidad del candidato, que podía incidir en su toma de decisiones político electorales. El carácter de creyente estaba íntimamente relacionado con la noción de un castigo celestial, por que aquí, (en la Tierra), “no hay justicia” afirmaban.

Jerarcas y creyentes en México y Perú

Las recientes elecciones de México y Perú son un exponente interesante para confirmar este modelo analítico. La Jerarquía católica peruana se mantuvo sin apoyar a ninguno de los finalistas, actuó en forma proactiva y logró que los dos candidatos firmaran un compromiso democrático. La mayoría del liderazgo evangélico conservador y la derecha católica (Opus Dei) apoyó decididamente a la derechista Keiko Fujimori, quien a su vez correspondió a estos gestos y hablaba como si fuera una pastora neopentecostal. El candidato de izquierda Pedro Castillo aplicó otra táctica, se dirigió a los creyentes, incorporó un predicador a los mítines quien abría el evento con una oración y en el Desayuno electoral de la Primera y Segunda Vuelta hizo una Oración por los alimentos a cargo de su esposa y una de sus hijas. Trascendió también que su familia participaba activamente de la protestante Iglesia del Nazareno. Su estrategia estuvo basada en el testimonio personal y familiar y no recurrió a los Jerarcas para legitimarse.

En el caso mexicano, la coalición opositora estuvo respaldada por obispos, cardenales, sacerdotes, pastores y líderes religiosos evangélicos conservadores. Por lo contrario, el presidente Andrés Manuel López Obrador aplica la misma estrategia de Castillo y hace énfasis en su compromiso personal. En Semana Santa recomienda leer ciertos pasajes bíblicos (el Sermón de la Montaña), constantemente cita la Biblia en las conferencias mañaneras y hace énfasis en el testimonio personal. Las encuestas aplicadas confirman que es apoyado por los “más creyentes y practicantes”. Le creen y están convencidos que a diferencia de otros políticos está convencidos que “no lo dice de los dientes para afuera”.

Doctor en antropología, profesor
Investigador Emérito ENAH-INAH

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