En los últimos meses (y años) se cambió la legislación sobre interrupción del embarazo y casamiento entre personas del mismo sexo en varios países latinoamericanos (Argentina, Chile y México, además de estar debatiéndose el tema en otros congresos de la Región (Perú, Ecuador). Las jerarquías religiosas católicas y evangélicas se han involucrado en un cuestionamiento a estos cambios legislativos invocando el derecho divino y la Ley de Dios, lo que en términos jurídicos se conoce como derecho natural, en controversia con los principios liberales del derecho positivo emanado de la soberanía y la voluntad popular.

La historia de los procesos independentistas en el continente podría escribirse en torno a esta controversia. Los realistas proclamaban que el rey de España, era el monarca absoluto de estas tierras por el Tratado o la Donación de Tordesillas dictado por el Papa Alejandro VI el 7 de junio de 1494. El Rey aducía que la posesión de estas tierras le permitía reinar en estos rumbos, a cambio de convertir las poblaciones encontradas a la fe católica, según el mandato papal. En 1497 los Reyes Católicos proclamaron que la homosexualidad era una herejía y crimen de lesa majestad, punible con la muerte en la hoguera y la confiscación de bienes.

La cuestión del aborto llevó otra dinámica. Se inició autorizando la interrupción del embarazo por peligro en la salud de la madre o por resultado de una violación. Los antropólogos sabemos que en muchas culturas indígenas existen un manejo de conocimientos herbolarios que permiten tanto abortar, como tener relaciones sexuales, creando un medio hostil a la implantación del óvulo y evitando así el embarazo. En la década de los sesenta del siglo pasado se sintetizó de una planta autóctona de México, el barbasco, un complejo hormonal que se traduciría en la “píldora anticonceptiva” produciéndose así la llamada “revolución sexual del siglo XX”.

Las relaciones sexuales comenzaron a verse desde una perspectiva erótica, de exploración, maduración personal, y no desde la perspectiva de la “reproducción de la especie”. El fenómeno que comenzó a registrarse fue un distanciamiento entre la edad de iniciación a la vida sexual y el matrimonio, a la vez que se inició una intensificación de los divorcios y la consolidación de uniones libres de procedimientos legales o canónicos, en la perspectiva de consolidación de la vida en pareja o de larga duración, en muchos casos más duraderos y estables que las uniones formales.

Lo mismo sucedía con las uniones entre personas del mismo sexo. Después de la epidemia del SIDA o VIH se consolidó una tendencia en los colectivos de las alternativas sexuales a la estabilidad en las parejas y se inició un reclamo de aceptación de sus uniones con el mismo rango y reconocimiento de las uniones heterosexuales.

Podemos agregar en este contexto la pérdida de credibilidad de las jerarquías eclesiásticas como resultado de las denuncias de abusos sexuales, pederastia, violación de los votos de castidad y celibato en los aparatos eclesiásticos. Esta situación evidenció la incapacidad del clero, fundamentalmente católico, para configurarse como un referente en el cumplimiento de las pautas ideales de conducta preconizadas por sus instituciones basadas en el derecho natural, y las sociedades latinoamericanas iniciaron un proceso sistemático y creciente que tienden a adecuar el derecho positivo de los países a los cambios culturales de los siglos XX y XXI.

Las legislaciones nacionales han iniciado un proceso histórico de abandono de las inercias jurídicas que tienen su origen en el período colonial en materia de vida familiar, relaciones interpersonales, decisión sobre el número de hijos, sexualidad y elección religiosa.

Los cambios en las legislaciones en materia de matrimonios igualitarios y de interrupción del embarazo son un reflejo de los cambios culturales y las religiones históricas del tronco abrahamnámico (judaísmo, cristianismo e islam tienden a adaptarse en un proceso dialéctico a las nuevas situaciones culturales e históricas. La escasa asistencia a las marchas convocadas en los últimos días por las jerarquías eclesiásticas son un reflejo de los cambios culturales en los creyentes, quienes están convencidos que los comportamientos en cuestiones sexuales y familiares son resultado de un conjunto de convicciones relacionadas con la conciencia, y que no tienen cabida en un sistema de leyes “humanas”. Sólo Dios juzga. Probablemente los jerarcas religiosos se sienten en sintonía con Dios, pero sus feligreses son más humildes.

Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH..

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