Los antropólogos consideramos que, en muchos casos, la religión es la estructura del sistema cultural, al margen de las creencias personales de sus integrantes. Son las tradiciones religiosas dominantes las que definen las formas de liderazgos. En el caso de las religiones monoteístas, su creencia en personajes mesiánico según las cuales Dios enviará a su hijo a rescatarnos de la difícil situación en que nos encontramos, sirve de base para la creencia en el surgimiento de personajes providenciales, en quienes las respectivas sociedades depositan sus expectativas de salvación. Los políticos, pastores y sacerdotes inteligentes son aquellos que logran sintetizar esas expectativas sociales.

La paradoja de esta realidad es que se confronta con las propuestas institucionales que hacen más énfasis en las cuestiones programáticas. El programa político de los candidatos es habitualmente desconocido por los electores, ésta paradoja es aprovechada por los expertos en propaganda electoral, quienes enfatizan la importancia estratégica de construir una imagen creíble, positiva o negativa de los candidatos, según sea el caso, y el interés de quienes los contratan. En forma similar, los feligreses que participan de una iglesia, lo más factible es que desconozcan la mayoría de los planteos teológicos y doctrinales de la misma y habitualmente se guían por un conjunto de situaciones subjetivas y afectivas.

La situación de las iglesias es similar, aunque los especialistas coinciden en el incremento de ateos y agnósticos, esto no quiere decir que los creyentes han desaparecido, todo lo contrario. Los creyentes, que son muchos, están en la búsqueda de propuestas que resuelvan sus expectativas, pero que pudieran sintetizarse en una institución, si logran convencerlos de que sus propuestas son viables e inspiradas por la divinidad; entramos así en el contexto de lo sagrado, no en abstracto, sino en un conjunto de creencias compartidas en un contexto social determinado.

Algo similar sucede con los políticos, los candidatos viables son aquellos que convencen a los ciudadanos de que tienen propuestas creíbles y operativas para los problemas que aquejan a los y las electores/as. Esto es al margen de las presuntas ideologías y filosofías políticas que suelen ostentar los candidatos, y que en muchos casos los votantes desconocen. Un aspecto estratégico es la construcción de una aureola de sacralidad de los postulantes, quienes deben convencer a sus electores que tienen capacidades especiales para resolver los problemas que les aquejan.

En términos analíticos, un candidato eficiente debe tener atributos bastante parecidos a los de un pastor o sacerdote eficaz: la capacidad de escrutar los “signos de los tiempos” y dar respuestas eficaces que les permitan resolver los problemas. La confesión de un candidato triunfante que no supo responder con eficacia a las expectativas de sus electores, aduciendo que sus formulaciones “habían sido promesas de campaña”, culpando a sus electores de ser responsables de haber creído en él, definiéndose como un mentiroso sistémico, implicó la ruptura de la estrategia de “sacralidad construida” por los demiurgos de la propaganda: seres que tienen la capacidad de “construir realidades”.

Uno de los problemas más complejos de los políticos, sacerdotes y pastores es responder y resolver con eficacia las expectativas, fantasías y situaciones angustiantes para sus feligreses y electores-votantes. Si partimos de los conceptos de personas, aquellos que poseen conciencia e identidad, debemos entender que el éxito de los nuevos mesías (políticos y/o religiosos) está íntimamente relacionado con la capacidad de honrar la confianza depositada en ellos, el desafío no es llegar, sino mantenerse en la conciencia de sus feligreses-electores.

Un aspecto estratégico en la construcción de las creencias políticas y religiosas es la acumulación de experiencias históricamente construidas en la memoria de las respectivas sociedades, esto implica que las situaciones no pueden repetirse y que la habilidad de los líderes mesiánicos (políticos o religiosos) está en su capacidad para entender los cambios dinámicos en la memoria social y la forma en que los integrantes de sociedades, cada vez más complejas, han metabolizado sus experiencias.

Este proceso de maduración colectiva es el principal problema para nuestros mesías locales: ¿cómo renovar (y sostener) su liderazgo manteniendo niveles de credibilidad que implican un conjunto de cambios sociales creíbles y consistentemente percibidas por sus feligreses-electores? transformando sus palabras en hechos “concretos”.

Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH

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