Los sociólogos mencionan la existencia de elites sociales que tienen posiciones de poder y un conjunto de privilegios no escritos, pero evidentemente existentes, que marcan un conjunto de diferencias con los derechos y obligaciones con los demás miembros de la sociedad en su conjunto. Quienes muchas veces hemos recibido comentarios tales como “acaso no sabes quién es” o la clásica amenaza “no sabes con quien estás hablando”, refiriéndose, en todos estos casos, a la pertenencia, a las elites y a una presunta ignorancia del “ciudadano de a pie”.

La construcción de las elites tiene su origen en la colonia española, donde en las procesiones religiosas iban al frente las autoridades civiles y religiosas, seguidas por el sector “sano y decente” (peninsulares y criollos) de la sociedad novohispana y detrás de estas, en un orden claramente establecido, seguían los mestizos y las castas. Si bien las constituciones de muchos países proclaman que no son vigentes títulos de “sangre y nobleza”, estos se aplican en la construcción del abolengo e identificación de las clases altas.

Los sistemas religiosos contribuyeron a la estructuración y consolidación de las diferencias sociales: escuelas y universidades desarrolladas por congregaciones religiosas católicas, espacios privilegiados de identificación y “normalización de las diferencias”, donde se selecciona cuidadosamente el ingreso para evitar la entrada de “cualquier hijo de vecino”, donde, además, el precio de las colegiaturas disuade la llegada de aspirantes pobres. Aunque quienes tienen abolengo (apellidos prestigiosos), pero escasos recursos, podrían ser becados para mantener el prestigio institucional y favorecer el ingreso de los “nuevos ricos”, con mucho dinero, pero escaso abolengo. Estos espacios son útiles para concertar matrimonios entre la elite tradicional (de sangre) con la nueva elite del dinero, consolidando así nuevos sistemas de status.

El sistema de estratificación social tradicional entró en crisis por la consolidación y el avance de los evangélicos en las sociedades nacionales. Los evangélicos construyeron nuevos sistemas de status, donde el éxito económico no necesariamente está relacionado con la pertenencia a las elites tradicionales y quienes tienen buenos recursos prefieren, en muchos casos, enviar a sus hijos a universidades públicas de prestigio y si no logran ingresar irán a universidades privadas, que, en la medida de lo posible, no sean religiosas. Aunque enviar a sus hijos a universidades norteamericanas sería también una “buena opción”.

La existencia de una gran diversidad de iglesias cristianas definió nuevos sistemas de status, de poder y en muchos casos la obsolescencia de las elites tradicionales. También las Comunidades Eclesiales de Base católicas han construido otros liderazgos, mientras que el fortalecimiento de las opciones de izquierda con base popular, tienen también sus cuadros intelectuales y de prestigio.

En sociedades cada vez más complejas y diversificadas, las elites de hace poco más de veinte años están en un franco proceso de obsolescencia pues el surgimiento de nuevos grupos sociales de millennials y generación Z cuestionan en forma significativa sus proyectos de control y poder, donde el dinero, el abolengo y las congregaciones religiosas de la teología de la prosperidad, cuestionadas por su complicidad con abusos sexuales, han perdido legitimidad.

La pérdida de legitimidad de las elites tradicionales son consecuencia de las redes sociales que socializan la información, escapan al control de los poderosos exhibiéndoles y descalificándolos. Esta situación incluye a diferentes segmentos donde los procesos de transversalidad y horizontalidad de la circulación de la información, desenmascaran a muchos ídolos cuyo poder estaba basado en “el misterio de su imagen”.

La renovación de los liderazgos sociales define procesos de cambio en las iglesias, incluyendo la católica, donde los creyentes, después del “encapsulamiento de la pandemia” y el acceso a otras formas de espiritualidad mediante las redes digitales, ahora reclaman nuevas formas de fe, coherencia, espiritualidad y de relación con sus líderes políticos y religiosos. Los líderes religiosos enfrentan templos vacíos y feligreses angustiados, los políticos no tienen proyectos a futuro y en muchos casos sólo proponen “volver a lo de antes”.

El desafío en los nuevos tiempos es llevar la imaginación al poder, los liderazgos con futuro son aquellos que desafíen las rutinas del pasado y aporten a la construcción de un futuro solidario y próspero.

Doctor en antropología, profesor investigador emérito ENAH-INAH

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
Google News

TEMAS RELACIONADOS