Por: Rolando Fuentes, profesor del Departamento de Finanzas y Economía de Negocios de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey

La reciente controversia entre The Economist y la Secretaría de Hacienda parece, en la superficie, una disputa sobre cifras. En realidad, es una disputa sobre diagnóstico. La revista británica ve bajo crecimiento, caída de la inversión e informalidad persistente y concluye que México enfrenta un problema profundo. Hacienda responde que esa lectura confunde choques cíclicos con fallas estructurales y omite varios contrapesos. Ambos señalan aspectos reales. Ambos también dejan fuera piezas importantes.

The Economist parte de hechos difíciles de ignorar. México creció apenas 0.8% en 2025. La inversión cayó. El empleo formal se debilitó. El artículo también subraya la persistencia de la informalidad, la debilidad de la inversión pública y la incertidumbre regulatoria. Ese retrato no es trivial. Pero tampoco basta, por sí solo, para concluir que la economía mexicana está averiada en su conjunto.

La debilidad reciente coincide con varios factores de corto plazo: un ajuste fiscal posterior a un año electoral expansivo, condiciones monetarias todavía restrictivas y un entorno externo más adverso, marcado en parte por la política comercial de Estados Unidos. El propio artículo reconoce, además, que las exportaciones crecieron, que México registró superávit comercial y que la inversión extranjera directa aumentó. Eso no elimina los problemas, pero sí obliga a matizar el diagnóstico. México no luce como una economía colapsada. Luce como una economía con un frente externo relativamente resiliente y un motor interno insuficiente.

Hacienda acierta cuando insiste en esa necesidad de matiz. Tiene razón al señalar que no todo mal dato de un año debe leerse como prueba de una falla permanente. También es válido recordar que parte de la desaceleración responde al contexto internacional y que algunas lecturas sobre la inversión pública dependen mucho de la fuente y la metodología. Pero la réplica oficial se vuelve menos convincente cuando ese matiz se acerca demasiado a la exoneración: si el problema es cíclico, entonces es transitorio; si es transitorio, entonces es manejable; y si es manejable, entonces el modelo funciona. El problema es que México lleva tres décadas “manejando” su bajo crecimiento.

México no empezó a crecer poco en 2025. Lleva décadas sin consolidar una trayectoria de expansión robusta. El mediocre desempeño reciente puede haberse agravado por factores externos y por el ajuste posterior al ciclo electoral, pero esos elementos no explican por sí solos un patrón de largo plazo. En eso, la crítica de fondo de The Economist merece atención:

el país no ha resuelto sus restricciones de productividad, inversión y capacidad estatal. Hacienda tiene razón al corregir excesos de interpretación; tiene menos razón si su respuesta sugiere que el problema es mayormente transitorio.

La informalidad ilustra bien el punto. Presentarla como la causa central del estancamiento, como hace en buena medida el artículo, simplifica demasiado. Pero tratarla como un fenómeno secundario o predominantemente cíclico también se queda corto. La informalidad no es una variable aislada; es el equilibrio donde convergen baja productividad, costos de formalización, regulación fragmentada, escasa capacidad de supervisión y modelos de negocio de baja escala.

Algo parecido ocurre con la inversión. La discusión sobre cuánto cayó en 2025 importa menos que una pregunta más amplia: por qué México no logra sostener, durante periodos largos, tasas de inversión compatibles con un crecimiento más alto. Ahí el problema deja de ser contable y se vuelve institucional. La inversión depende de demanda, rentabilidad esperada, acceso a energía, infraestructura, ejecución pública y estabilidad regulatoria. En ese terreno, tanto la crítica externa como la defensa oficial capturan solo una parte del cuadro.

Eso lleva al núcleo del debate. La economía mexicana no encaja bien ni en la etiqueta de “rota” ni en la defensa de que está siendo mal juzgada por datos coyunturales. La palabra más útil, entonces, no es rota, sino “atrapada”. Atrapada en un equilibrio de bajo crecimiento en el que algunas piezas funcionan lo suficiente para evitar un deterioro mayor, pero no lo suficiente para producir un salto sostenido. El sector exportador compensa parte de la debilidad interna. La política social amortigua costos distributivos. La estabilidad macro limita el desorden. Pero nada de eso resuelve el problema de fondo.

Esa es la limitación de ambas narrativas. The Economist acierta al señalar que el problema mexicano es más profundo que un mal año. Hacienda acierta al recordar que no todo tropiezo coyuntural prueba una falla estructural terminal. Pero entre ambos queda fuera la idea más incómoda: el problema de México no es una ruptura repentina. Es una mediocridad persistente.

La discusión útil, por tanto, no debería centrarse en cuál de las dos partes “ganó” la polémica. Debería concentrarse en algo más difícil: por qué México, con exportaciones dinámicas, estabilidad macro relativa y avances sociales visibles, sigue sin traducir esas fortalezas en una senda sostenida de mayor productividad y crecimiento. Ése es el verdadero diagnóstico pendiente.

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