Lecciones de Orwell sobre la “verdad” gubernamental

Eduardo Backhoff Escudero

En el programa diario Dos minutos de odio, las pantallas del gobierno denunciaban a sus enemigos

El nuevo programa del presidente de la República Quién es quién en las mentiras busca señalar, exponer y desacreditar a los periodistas y medios de comunicación que en su opinión mienten y falsean la realidad política que vive el país, así como las acciones que emprende el gobierno de la 4T. Este programa me recuerda al Ministerio de la Verdad de la novela 1984, de George Orwell, a la que hago referencia. Orwell (cuyo verdadero nombre era Eric Blair), publicó en 1948 su gran novela 1984 —considerada una distopia, por su visión pesimista del futuro— en donde describe las características del gobierno de Oceanía (un país imaginario) que tenía el control de las acciones y del habla de los ciudadanos. Para ello, contaba con cuatro poderosos ministerios (o secretarías); uno de ellos eran el Ministerio de la Verdad, que se encargaba de dar las noticias, la educación y las artes.

Orwell era consciente de la importancia que tiene el lenguaje en moldear el pensamiento y formar opiniones en los individuos. Por ello, el gobierno de Oceanía creaba un nuevo lenguaje (Miniver) cuyos vocablos reflejaban fielmente las ideas y la ideología del partido en el poder. El control del lenguaje incluía la eliminación de palabras del vocabulario para crear el dialecto oficial (neolengua), una colección limitada de siglas y conceptos simples carentes de la complejidad necesaria para que floreciera el pensamiento crítico y divergente. Este gobierno imaginario funcionaba en un esquema de Big Brother (Hermano Mayor), donde todos los movimientos y palabras de las personas se observaban y escuchaban, con la amenaza permanente de reprimir a quienes osaban sobrepasar el límite de lo que el gobierno consideraba aceptable. Uno de los componentes del control gubernamental era el programa diario Dos minutos de odio, en el que las telepantallas del gobierno denunciaban a sus enemigos (o adversarios) y hacia quienes los miembros del partido deberían expresar su odio y rechazo.

Otras formas de control del gobierno de Oceanía eran más sutiles. La población era sometida constantemente a un bombardeo de propaganda de hechos, estadísticas e historias fabricados por el Ministerio de la Verdad. De acuerdo con Orwell, lo anterior tenía el efecto psicológico que llamaba “doblepensar”, que se traduce en una disonancia cognoscitiva (oposición de un hecho con la realidad) en el que la persona deja de creer en su propia percepción para asumir la versión oficial de los acontecimientos. Por lo anterior, el individuo se vuelve absolutamente dependiente de la definición o interpretación que el Estado hace de la realidad, lo que se convierte en la narración de la “verdad”.

En su ensayo, La política y la lengua inglesa, Orwell describió diversas técnicas gubernamentales para utilizar términos pretenciosos y mostró que las atrocidades pueden sonar aceptables a nuestros oídos cuando se presentan en forma de eufemismos y frases enrevesadas. Estos mensajes de índole político, que se presentan sin matices, afectan la manera de pensar sobre las cosas o acontecimientos. Por ello, decía que el lenguaje es la “moneda de la política”, que forma la base de la sociedad, de las interacciones cotidianas más comunes con los más altos ideales. Orwell nos alertó de proteger la lengua porque nuestra capacidad de pensar y comunicarse con claridad es, en última instancia, lo que se interpone entre nosotros y un mundo donde la narrativa gubernamental es contraria a la realidad.

No me atrevería calificar a la narrativa de AMLO con el término “orwelliano” que, estrictamente, se aplica cuando un gobierno hace un uso engañoso y manipulador del lenguaje. Pero sí veo en su discurso y acciones muchos indicadores que apuntan en esta dirección. Uno de ellos son las frases que oímos frecuentemente en boca del presidente: “ya domamos la pandemia”, “en economía vamos muy bien”, “en México ya no hay corrupción”, “los criminales se portaron muy bien en las elecciones”, “en el país ya no hay impunidad”. Otro es el uso de nuevos términos acuñados o utilizados por el presidente: la cuarta transformación, la evaluación punitiva, los fifís, los neoliberales, la clase media aspiracionista, el pueblo bueno, mis adversarios, etc.

Finalmente, el programa Quién es quién en las mentiras ejemplifica muy bien la tendencia del presidente de creerse poseedor de la verdad y desde su tribuna (las mañaneras) enjuiciar pública e inquisitoriamente a quienes no comparten su visión del mundo, como se hacía en la novela de Orwell en el programa Dos minutos de odio.

Presidente del consejo directivo de Métrica Educativa, A. C.
@EduardoBackhoff

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