La revista Scientific American acaba de publiar un artículo de O’Connors y Wheatherall titulado Cómo se propaga la desinformación y por qué confiamos en ella. El tema es de sumo interés para el contexto mexicano actual, que pasa por una etapa crítica en materia de desinformación y descrédito de las evidencias para la toma de decisiones. Por ello, me propongo hacer una síntesis de la primara parte de este trabajo. Debo aclarar que, aunque comparto plenamente la postura de los autores, las ideas aquí expuestas son de ellos, de las que destaco dos de mayor importancia: 1) las redes sociales han facilitado la proliferación de falsas creencias a una escala sin precedentes y 2) al modelar las formas en que la información errónea se propaga a través de redes de personas, se aprende cómo las comunidades alcanzan un consenso en su percepción social sobre un tema.

Para ejemplificar las falsas creencias, los autores relatan el caso de una oruga o gusano considerablemente grande que apareció en el noreste de los Estados Unidos a finales del siglo antepasado, al cual se le atribuyeron propiedades venenosas y dañinas para el ser humano. A pesar de que esta oruga era letal para las plantaciones de tomate, era inofensivo para el ser humano; información que había sido comprobada y publicada por los entomólogos de la época. La pregunta que se hacen los autores es: ¿por qué persistieron las falsas ideas a pesar de que la verdad apuntaba en sentido contrario? Al respecto, afirman que las personas principalmente desarrollan sus creencias a partir de la opinión de individuos cercanos en los que se confían (maestros, padres y amigos). Esta transmisión social del conocimiento es esencial en la construcción de las percepciones, valores y creencias de las personas, tanto de la cultura en general como de la ciencia en particular. Pero como nos muestra la historia del gusano del tomate, nuestra capacidad para distinguir la verdad de la falsedad es muy endeble, por lo que en muchas ocasiones las ideas que difundimos son erróneas. Este es el caso de quienes creen que el hombre nunca llegó a la luna o que las vacunas son inseguras y hasta dañinas. Los mismos mecanismos básicos que propagaron el miedo al gusano del tomate ahora se han intensificado y han producido una epidemia de falsedades.

Parte de lo que hace que la propaganda y la desinformación sean tan efectivas es el hecho de que las personas expuestas tienen la posibilidad de compartirlas intensivamente entre sus amigos, sin que tengan la intención de engañarlos. En otras palabras, las redes sociales transforman la desinformación en información errónea. Muchos teóricos de la comunicación y científicos sociales han intentado comprender cómo persisten las falsas creencias al modelar la difusión de las ideas como un “contagio”. Para ello, emplean modelos matemáticos con la idea de simular una representación simplificada de las interacciones sociales humanas. En un modelo de contagio, las ideas son como virus que van de mente en mente. Se “siembra” una idea en una de ellas y se observa cómo se propaga bajo varios supuestos sobre cuándo ocurrirá la transmisión o epidemia. Los modelos de contagio son extremadamente simples, pero se han utilizado para explicar patrones sorprendentes de comportamiento. También pueden explicar cómo se propagan algunas creencias falsas en Internet. Una sola copia de un “meme” se puede compartir cerca de medio millón de veces. A medida que los individuos lo comparten posteriormente, sus falsas creencias infectan a los amigos que leen el “meme” y, a su vez, transmiten la falsa creencia a nuevas áreas de la red social. Y aunque la veracidad del meme sea rápidamente desacreditada no cambia la forma en que se difunden los rumores como verdaderos.

Para los autores, ésta es la razón por la cual muchos memes ampliamente compartidos son inmunes a su descrédito, a pesar de las evidencias en su contra. Cada persona que comparte un meme simplemente lo hace porque confía en el amigo que se lo compartió, en lugar de verificarlo por sí misma. Hacer públicas las verdades no ayuda si nadie se interesa en encontrarlas. Pudiera ser un problema de pereza o credulidad extremas y, por lo tanto, la solución sería mejorar la educación y el pensamiento crítico. Pero eso no es del todo correcto, ya que a veces las creencias falsas persisten y se extienden en comunidades que están interesadas en conocer y difundir la verdad. En este caso, el problema no es la confianza irreflexiva: el problema es mucho más complejo de lo que parece.


Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A.C.

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