El valor de la verdad en las democracias

Eduardo Backhoff Escudero

Las democracias se construyen con base en verdades sobre la realidad de un país, que solo se pueden elaborar con información válida y confiable (evidencias) sobre los distintos ámbitos de interés social

El día 15 de abril pasado, la organización Signos Vitales presentó su cuarto informe trimestral, El valor de la verdad: a un tercio del sexenio (https://signosvitalesmexico.org.mx/), cuyo propósito fue “…demostrar el balance en materia de avances, retos y retrocesos que se enfrentan en el país, así como la manera en la que el gobierno de la cuarta transformación los ha venido enfrentando.” Un eje central del reporte es el desprecio que el presidente López Obrador (AMLO) tiene sobre la información que proviene de los organismos autónomos encargados de generarla y su inclinación por gobernar con mentiras y verdades a medias, difíciles de comprobar empíricamente.

Tomando en cuenta el contexto político de confrontación y descalificación por el que atraviesa el país, considero importante reflexionar sobre el valor que tiene la verdad para edificar y sostener una democracia. De manera simple, la verdad se puede entender como la propiedad de estar de acuerdo con los hechos que corresponden con la realidad. En otras palabras, la verdad es la correspondencia del mundo del lenguaje con el mundo externo a las personas.

De acuerdo con Daniel Innerarity (especialista en Filosofía Política), en el ámbito político la verdad y la moral representan componentes indispensables en la construcción de una democracia. La verdad debe ser valorada, cultivada y defendida a ultranza; por lo que es indispensable sospechar de todos aquellos que la quieran monopolizar. La moral, entendida como la forma de diferenciar al bien del mal, debe ser un instrumento que nos encamine hacia el bien común y que compartan todas las ideologías. Por ello, aunque un posicionamiento político sea preferible a otro para algunos ciudadanos, es incorrecto afirmar que sea superior moralmente a los demás.

Por otro lado, la experiencia internacional de muchos países muestra que quienes más han deteriorado la vida democrática de una sociedad son quienes se sienten poseedores de la verdad y superiores en lo moral. Por desgracia, esto precisamente es lo que sufrimos en México: un presidente que ha monopolizado la verdad de todos los ámbitos del país y que la pregona diariamente utilizando juicios morales en contra de todos aquellos que ponen en duda su manera de pensar y de actuar. Para AMLO, quienes se oponen a la 4T son malos y corruptos, mientras que quienes la apoyan son buenos y honrados. Los primeros son merecedores del escarnio público, mientras que los segundos son dignos del perdón presidencial, incluyendo quienes se han enriquecido ilícitamente, han participado en actos de corrupción y se les acusa de violación.

Como el mismo Daniel Innerarity afirma: nadie debe ostentar el privilegio de poseer la verdad de un país como si fuera de su propiedad, ya que nadie tiene un acceso privilegiado a la verdad objetiva; llámese mayoría en el gobierno, élite privilegiada o pueblo sabio y bueno. En política se trata de tomar decisiones para lograr el bien común, partiendo de las premisas de que no es posible ahorrarse el largo camino de la discusión pública y que la verdad pública siempre será parcial, limitada, provisional y discutible.

Las democracias se construyen con base en verdades sobre la realidad de un país, que solo se pueden elaborar si se cuenta con información válida y confiable (evidencias) sobre los distintos ámbitos de interés social. En el caso de México, dichas evidencias solo se pueden generar a través de mecanismos rigurosos y objetivos que se pueden replicar y verificar. En el caso de México, muchos de los Organismos Constitucionalmente Autónomos (OCA) fueron creados con este propósito y se les dio su autonomía para que fueran independientes y ajenos a los intereses gubernamentales y partidistas. Tales son los casos del INEGI, el CONEVAL y, del hoy extinto, INEE.

Por ello, las democracias modernas le apuestan a la generación de información objetiva y verificable en todos los sectores de la vida pública, para tomar las mejores decisiones y poder evaluar la eficacia de los programas y políticas de gobierno. Esta información sirve de brújula para navegar en un mar incierto, cuyas marejadas y corrientes son, en muchos casos, difíciles de predecir. Los alcances de un gobierno serán tan buenos, como la calidad de la información que generan sus instituciones se lo permitan; y como la toma de decisiones se basen en evidencias y no en ocurrencias. Desgraciadamente, en México no existe una tradición que valore la generación y uso de la información. Por ello, el presidente siempre tiene “otros datos”, cuya fuente rara vez revela, cuya veracidad no se prueba y cuya relevancia no es útil para la vida democrática del país.

Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A. C.
@EduardoBackhoff

 

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