Hace unas semanas escribí en este espacio sobre el décimo aniversario de la apertura de Caracol, Centro Científico y Cultural de Ensenada. Recordé entonces que este proyecto no nació hace una década, sino hace casi 27 años, cuando un grupo de ciudadanos y académicos decidimos emprender lo que muchos consideraban un sueño quijotesco: dotar a Ensenada de un museo de ciencias y un acuario que honrara la riqueza natural de la península de Baja California. Desde entonces, el avance ha sido significativo. Se consiguió la concesión de un terreno en zona federal; se construyó un edificio de más de diez mil metros cuadrados; se diseñó la museografía; se edificaron un planetario y un auditorio; se equipó la Sala de la Tierra y se presentaron exposiciones temporales memorables, como las dedicadas al atún y a los dinosaurios. Sin embargo, el proyecto aún no está completo. Faltan dos espacios fundamentales: la Sala del Cielo y, sobre todo, la Sala del Mar con su acuario, concebido como la auténtica joya de la corona.
¿Por qué es tan importante un acuario para Ensenada? Las razones son múltiples y estratégicas.
En primer lugar, por su ubicación privilegiada. Ensenada se encuentra en una de las regiones marinas más ricas del planeta. El mar que rodea la península alberga una extraordinaria diversidad biológica, con numerosas especies endémicas. Un acuario especializado en esta biodiversidad permitiría no solo exhibirla, sino estudiarla, valorarla y contribuir a su conservación. En un contexto de cambio climático, contaminación y sobrepesca, la educación ambiental deja de ser un lujo y se convierte en una necesidad. En segundo lugar, Ensenada es un polo científico de relevancia nacional. Instituciones como el CICESE y la UABC desarrollan investigaciones de punta en oceanografía, biología marina y cambio climático. Un acuario vinculado a estas instituciones fortalece el puente entre ciencia y sociedad, traduciendo el conocimiento especializado en experiencias accesibles para miles de visitantes. No se trata de mostrar peces tras un cristal, sino de convertir la investigación científica en conciencia pública.
Desde el ámbito educativo, el impacto sería aún mayor. Un acuario regional funcionaría como aula viva para estudiantes de todos los niveles. Talleres, visitas guiadas y programas de educación ambiental podrían sembrar desde la infancia una cultura de respeto y cuidado del mar. En una comunidad cuya economía y calidad de vida dependen directamente de los recursos marinos, esta formación no es secundaria: es estratégica. En términos turísticos y económicos, el proyecto también es sólido. Un acuario temático complementaría la oferta natural y gastronómica de la región, diversificando la actividad turística más allá de las temporadas altas y generando empleos directos e indirectos. Más aún, consolidaría la identidad de Ensenada como ciudad marítima y científica, capaz de integrar conocimiento, conservación y desarrollo. A lo anterior se suma su potencial en materia de conservación. Un acuario enfocado en especies locales puede participar en programas de rescate, rehabilitación y reproducción de especies amenazadas, así como colaborar con áreas naturales protegidas para promover prácticas sostenibles. Es decir, puede ser un actor activo en la protección del patrimonio natural y no solo un espacio de exhibición.
El proyecto ha demostrado visión científica, ambiental y social. No obstante, preocupa que los apoyos más significativos provengan principalmente del extranjero (y de empresas trasnacionales. Que instituciones internacionales (Monterey Bay Aquarium, el Aquarium of the Pacific y la empresa Sempra Energy) reconozcan el valor del acuario es motivo de orgullo; pero que el respaldo nacional (gubernamental y privado) sea limitado o nulo es motivo de reflexión. Resulta paradójico que en un país con una de las mayores biodiversidades marinas del mundo no exista un apoyo decidido desde las políticas públicas para consolidar una iniciativa de esta naturaleza. La casi exclusiva dependencia de recursos extranjeros no solo restringe el alcance del proyecto; también envía un mensaje inquietante sobre las prioridades nacionales en materia de ciencia, cultura ambiental y desarrollo sostenible. Un museo y acuario de esta magnitud debería asumirse como un proyecto estratégico de país y del estado, no como una empresa marginal sostenida por la perseverancia de unos cuantos voluntarios.
¿Es el acuario de Ensenada una quimera? Después de casi tres décadas de avances tangibles, la palabra parece injusta. Más que un sueño imposible, es una oportunidad histórica aún inconclusa. Lo que falta no es visión ni fundamento técnico; falta voluntad política y compromiso empresarial. Quienes hemos impulsado este proyecto no dejaremos de insistir. Porque apostar por el acuario de Ensenada no es invertir en un edificio más, sino en educación, ciencia, turismo, identidad y futuro.
Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A. C.
@EduardoBackhoff
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