Educación y Covid-19 en México (II)

Eduardo Backhoff Escudero

En mi artículo anterior comenté que el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó recientemente el informe Desarrollo humano y COVID-19 en México: desafíos para una recuperación sostenible. En esa ocasión me referí al impacto que tendrá la pandemia en el Indicador de Desarrollo Humano (IDH) en las poblaciones más desfavorecidas en el país. Basándome en la información que contiene el informe, ahora, centraré mi atención en los efectos que tendrá el COVID-19 en la educación de los niños, niñas y jóvenes mexicanos. Es importante partir de la premisa de que la educación es un derecho inherente a TODOS los seres humanos y que ésta debe ser inclusiva, equitativa y de calidad. La expectativa de la ONU es que todos los países logren alcanzar esta meta de manera progresiva, de acuerdo con sus posibilidades. Sin embargo, aún, antes de la llegada de la pandemia, no era claro cuándo el Estado mexicano podría reducir las brechas educativas al interior del país, que separan abismalmente a las poblaciones menos privilegiadas de las más favorecidas.

De acuerdo con el IDH, México se encuentra entre el grupo de países clasificados con un nivel ALTO. Sin embargo, solo 8 de 10 adultos cuenta con estudios de primaria y poco más del 15% con estudios superiores; situación que se agudizan en poblaciones indígenas, con discapacidad y con ingresos mínimos. Asimismo, cerca de 17% de la población mexicana presenta rezago educativo (personas de 15 años o más de edad sin educación básica completa), aunque las poblaciones indígenas y con discapacidad motriz presentan rezagos muy superiores, de 31 y 45%, respectivamente.

La suspensión de clases, que empezó a fines de marzo, tuvo que prolongarse durante todo el ciclo escolar, lo que obligó a las autoridades educativas a diseñar tres estrategias para intentar que los estudiantes concluyeran sus estudios en el hogar. La estrategia Aprende en casa, consistió en utilizar el internet y la televisión para proveer contenidos educativos a los estudiantes de educación básica (preescolar, primaria y secundaria), que se grababan para ser utilizados posteriormente. La estrategia Educación a distancia ofreció herramientas de aprendizaje a través de las plataformas Google for Education y YouTube que, además de ofrecer contenidos educativos, sirvió para capacitar y acompañar a docentes y padres de familia en el proceso educativo. El programa Jóvenes en casa se enfocó en ofrecer contenidos curriculares y socioemocionales a estudiantes de educación media superior.

Sin embargo, la implementación poco estructurada de estos mecanismos pedagógicos emergentes dio como resultado que: 1) no hubiera una coordinación entre los distintos niveles educativos, ni entre las autoridades federales y locales, 2) no se preparara a los docentes de forma efectiva y 3) se careciera de materiales y guías didácticas ad hoc. A este desorden administrativo de la SEP se le sumó la enorme brecha digital que existe en el país (en el ámbito rural, 2 de 8 hogares cuentan con computadora y conexión a Internet), ocasionando que las poblaciones más vulnerables quedaran en un estado de indefensión educativa. Igualmente, hay que considerar la falta de capacitación de los docentes para utilizar la tecnología digital, en particular, la especializada para fines pedagógicos. Ante este escenario, la SEP implementó la plataforma Maestros y maestras en casa, cuyo propósito fue orientar a los profesores a desarrollar estrategias didácticas de acuerdo con las necesidades de aprendizaje de sus estudiantes.

Finalmente, es importante tener en cuenta que las condiciones del aprendizaje-en-casa requieren del apoyo directo de los padres de familia (u otro familiar), quienes deberán actuar como auxiliares docentes; ya sea para explicar al escolar lo que no entienda, para supervisar y corregir la realización de ejercicios y tareas escolares o para ayudarles a interactuar con el docente de manera electrónica (por ejemplo, mandar tareas). La necesidad de esta interacción es inversamente proporcional a la edad del estudiante, pero la complejidad de la ayuda será directamente proporcional al grado que curse (no es lo mismo ayudar a aprender a sumar, que a resolver problemas algebraicos o trigonométricos). La calidad del apoyo que podrán brindar los padres de familia a sus hijos dependerá de tres factores: el grado de escolaridad de los progenitores, el número de hijos en edad escolar de la familia y la disponibilidad de tiempo que tengan los adultos para este propósito.

En resumen, cada una de las condiciones antes descritas contribuirá al crecimiento de las desigualdades educativas, ya de por sí grandes en nuestro país, lo que se verá reflejado en una disminución del aprendizaje de la población, en particular, de las clases más vulnerables. El PNUD calcula que La interrupción prolongada de los estudios formales puede provocar pérdida de conocimiento y de habilidades fundamentales adquiridas (lecto-escritura y matemáticas), poniendo en desventaja a estudiantes de los estratos más bajos que ya presentaban rezagos previos. Sin embargo, el efecto más devastador del COVID-19 en la educación del país será el incremento en la tasa de abandono escolar (el PNUD calcula que 15.5% de los estudiantes no continuarán sus estudios en el nivel medio superior), lo que será especialmente cierto para aquellos que carecen de los recursos digitales, económicos y escolares para afrontar la crisis, es decir: indígenas, hijos de jornaleros migrantes y jóvenes en pobreza extrema. En todos estos casos, las mujeres correrán mayor riesgo que los hombres.

El panorama educativo mexicano no es alentador y pondrá a prueba la capacidad de las autoridades educativas de afrontar el problema que tenemos encima. A mi parecer, la televisión educativa, recién anunciada, será insuficiente: única vía posible es promover un pacto nacional, donde se sumen todos los sectores de la sociedad y ponga cada uno su granito de arena.

Presidente de Métrica educativa, A. C.
@EduardoBackhoff

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