La educación es un proceso que transforma la vida de las personas desde el día en que se nace hasta el día en que se muere. La educación se puede entender como la adquisición y asimilación de conocimientos, habilidades, destrezas, actitudes y valores. La educación, por su poder transformador, modifica sustancialmente la percepción y el entendimiento que las personas tienen acerca de la realidad que los rodea y hasta del mundo inmaterial que solo se puede intuir. El primer proceso educativo se da en la familia, donde se aprende la lengua materna y a tener control del cuerpo, así como la forma de comportarse socialmente y los principios éticos y espirituales que condicionan la manera de pensar, de sentir y de actuar. Gran parte de este aprendizaje familiar ocurre a través de la instrucción y la observación. El infante imita lo que observa y adquiere los valores implícitos del comportamiento de las personas que lo rodean. En el seno familiar se aprenden los roles de género. Las niñas a ser dulces, obedientes, sumisas y comprensivas; los niños a ser agresivos, controladores y machistas. Aquí también se enseña que los niños tienen diferentes roles sociales a los de las niñas. Unos mandan y otras siguen órdenes; unas atienden y otros son atendidos. Unos dan órdenes y otras obedecen. En otras palabras, en el seno familiar se cimienta el rol de género, que vendrá a afianzarse con el paso del tiempo. Por supuesto, este rol de género está acotado por el contexto social, histórico y geográfico donde se vive. Por lo que, en gran medida, las familias reproducen los valores sociales que son aceptados en un tiempo y en una región del mundo. Dichos “valores entendidos” también se reproducen con mucha fuerza en el ámbito escolar, pero también en el social, en el gubernamental y en el religioso. El ámbito escolar es sumamente importante, debido a que representa la continuación de la educación familiar. Aquí se consolidan los valores aprendidos en el seno familiar y se aprenden otros nuevos. Finalmente, los aprendizajes que ocurren en la comunidad pueden reforzar los valores adquiridos o debilitarlos.

En el caso de la violencia de género que han sufrido las mujeres durante la historia de la humanidad y, especialmente, en las últimas décadas en México no se puede entender sin tener en consideración que: 1) los valores que el país transmite (a través de la familia, escuela y comunidad) respecto a la errónea concepción de “inferioridad” de la mujer se evidencia a través de las muchas limitaciones que el Estado les ha impuesto históricamente a sus libertades, ya sea para vestirse, estudiar, votar, trabajar, ejercer su sexualidad, etc.); los bajos salarios que perciben (por el mismo trabajo); la desigualdad en la proporción de puestos directivos y de mando, etc., y 2) los niveles de subdesarrollo económico, social y democrático que sufre México y sus consecuencias nefastas para una buena convivencia social, que se traducen en una alta criminalidad, corrupción (en los tres órdenes de gobierno), impunidad y un deterioro administrativo del país.

En estas circunstancias no nos debemos de extrañar que haya feminicidios en una sociedad violenta que no solo tolera, sino que alienta un gobierno corrupto, donde la premisa principal es velar por los intereses personales o gremiales, pero no por el bienestar común. La peor de estas manifestaciones en contra de las mujeres no es la violación de sus personas por los criminales, sino por los mismos cuerpos de seguridad que, se supone, deben proteger a los ciudadanos, especialmente a los más débiles. Esta situación es inadmisible y es responsabilidad del gobierno de la 4T haberla empezado a corregir desde el primer día en que tomó el poder. “El buen juez, por su casa empieza”.


Presidente del Consejo Directivo de Métrica Educativa, A. C.
@EduardoBackhoff

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