Ómicron sí cargará los peregrinos

Eduardo Arvizu

Una tarde de Mayo de 1990, mientras el papa Juan Pablo II hacía su segunda visita a México, comentaba con el Doctor Jesús Kumate Rodríguez, entonces Secretario de Salud, la muy reciente llegada del cólera a Perú.

Un pequeño puerto pesquero mirando al Atlántico llamado Chimbote fue el escenario del retorno de la bacteria a este continente, llegada hasta ahí porque barcos procedentes de Asia quedaron surtos frente a esas costas.

Anclados frente a Chimbote, los barcos asiáticos tiraron al mar las deposiciones de sus marineros. Podrá sonar figurativo, pero lo demás fue comer, beber y cantar porque las aguas de consumo de esa zona quedaron a merced de esa contaminación orgánica, aderezada con la bacteria del cólera.
Esa es una característica del contagio colérico: se transmite indefectiblemente por las heces. La bacteria no flota en el aire, no se trasmite por contacto físico. Tiene que entrar al organismo con algún alimento o bebida contaminada con heces.

Pude preguntarle a Kumate Rodríguez, sanitarista de excelencia, sobre las posibilidades de que la bacteria llegara a México, encontrándose entonces a 4,500 kilómetros de distancia.

Esbozó una leve sonrisa y con una tranquilidad de sabio oriental contestó:

“Mire… no le doy más de cuatro semanas…”

Todavía tenía el país las imágenes del papa Juan Pablo y la bacteria llegó a México, integrándose a lo que se llamó y se llama ‘la quinta pandemia’.
Cinco semanas después, temprano en una noche de Viernes, el Subsecretario encargado de la Epidemiología, Jaime Sepúlveda Amor, llamó a mi oficina y me convocó a la sala de juntas del secretario Kumate. Apareció solo y me preguntó, con un dejo de sarcasmo:

“… sabes guardar un secreto…?

Y en seguida me tiró la noticia sobre la mesa: “…el cólera ya llegó a México por el Estado de México y todavía no sabemos bien por qué apareció ahí”, me dijo.

Hace más de 31 años que esto sucedió y no se terminó por explicar la forma en que una bacteria de esas características llegó hasta una zona serrana del Estado de México y desde ahí comenzó su dispersión a todo el territorio nacional, especialmente a las zonas húmedas y calurosas.

Nunca quedaron absolutamente claros los motivos logísticos de una llegada de ese tipo, pero hay al menos dos condiciones que rodearon el inicio de esa otra pandemia en México.

La Primera fue que en el área de Sultepec, que así se llama la población del Edomex donde se registró el caso índice de la nueva pandemia de cólera en México, se encontraron sitios que podrían haber sido usados como pistas clandestinas de aterrizaje para aviones procedentes de Colombia.

Además, se encontraron entre los montes buenos plantíos de cannabis.

Primera aproximación que nunca se comprobó: un avión cargado con droga bajó ahí y sus pasajeros colombianos dejaron sus heces, que pronto se esparcieron a cuerpos de agua y manantiales de uso local, porque extrañamente se encontraron muy largos tramos de mangueras.

La vida podía haber dejado a las bacterias coléricas entre umbrías y barrancas limítrofes del Estado de México y Guerrero, pero resulta que las lluvias y la conducción de las aguas terreno abajo condujo hasta los alcances de Sultepec.

Y la segunda: el primer brote de cólera involucró a un par de docenas de personas que tenían algo en común. El más cercano fin de semana habían sido invitados a una comida que convocó un aspirante a un puesto de elección popular, para el proceso que se avecinaba en 1991. Se sirvió una barbacoa a unas 30 personas.

Este par de circunstancias, nunca totalmente esclarecidas, pergeñó lo que podemos ver para el tránsito de cualquier enfermedad, incluida por supuesto la expansión del SARS-CoV-2 y todo su festival de variantes que traen entretenido al mundo desde diciembre del 2019.

Hay que decirlo con toda rotundidad: los cercos sanitarios no tienen la eficiencia que muchos desearían. Ayudan al control, pero los intercambios de mercancías, productos alimenticios de todo tipo y el intenso tránsito de personas, hacen que los controles terminen siendo ineficaces y que solo cumplen parcialmente con el propósito de detener de manera absoluta a los virus y bacterias que en el mundo campean.

Apenas nos la presentaron

El caso de la variante del SARS.Cov.2 a la que la OMS tuvo la curiosidad de denominar ómicron, en referencia a la letra 15 del alfabeto griego, asumido por el helenismo con una adaptación a la influencia fenicia que tenían.

China notificó al mundo en diciembre de 2019, entre medias verdades y oscuros reportes, que habían detectado un nuevo virus que resultó ser el SARS-CoV-2, causa eficiente de la Coronavirus Disease (Covid 19). No transcurrieron más de dos meses para registrar en suelo nacional el caso índice.

Esta velocidad ya observada da una idea.

Pero solo idea porque no hay nadie en el mundo que pueda determinar un montón de cosas sobre la hoy afamada variante ómicron.

En principio, su origen. Sudáfrica hizo la notificación de su detección hace no más de un mes. Pero nadie ha determinado con precisión si la variante vino al mundo en algún punto de Botswana u otro país del área, que en medio de sus múltiples carencias tienen también sistemas muy primarios de sensibilidad epidemiológica y, particularmente, genómica.

Debemos asumir que tuvimos noticia sustentada hasta que la hizo Sudáfrica, el país del área con mejores haberes y habilidades epidemiológicos y genómicos.

Eso abre un espacio que nadie puede mensurar respecto al auténtico momento en que surgió la variante y la difusión mundial de su existencia.
Tenemos el caso registrado el Miércoles en el Instituto Nacional de Diagnóstico y Referencia Epidemiológica de un ciudadano que viajó a Sudáfrica y que trajo el virus desde el 21 de noviembre a la CDMX, según el comunicado oficial.

Los otros son sospechosos aún, contagiados durante un viaje a África del Norte, en Egipto, y que llegaron a Monterrey y sus municipios conurbados.

Mientras el gobierno se encierra en el marasmo que ha tendido Hugo López-Gatell con sus previsiones fallidas y la bravuconería que le inspiró su amigo el Presidente, el gobierno parece abierto de brazos para recibir a la nueva variante de SARS-CoV-2.

Lo que hemos de observar a partir de este par de semanas es la letalidad de la variante y su capacidad para saturar hospitales.

Tenemos de nuestro lado a más de la mitad de la población, que ya tiene dos dosis de alguna vacuna y eso es un buen amortiguador… o eso creemos.

Todo está por conocerse. Ómicron es la más distinta de las variantes hasta hoy aislada y todavía se sabe poco sobre ella. Agrede al sentido común que un gobierno repetidor del mensaje “cuídense”, no tome más precauciones aduanales, sanitarias y migratorias, mientras trata de bajar el volumen de la conversación.

Tenemos todo por ver con ómicron.

Les deseo un gran día de sol.


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