No le Rasquen al Tigre

Eduardo Arvizu

Un amigo norteño pregunta en son de broma que cuánto cuesta educar a un barbaján social que tira basura en la vía pública, conduce con exceso de velocidad y escupe en la calle, entre otras cosas. Responde de inmediato… 

¡¡Pues seis dólares!!, dice entre risotadas. ¡¡Na’más que cruce el puente con los gringos y verán que pronto se educa del otro lado!! 

Aplicado en su medida, basta preguntar qué se necesita para que López Obrador deje su actitud de Terminator presupuestal, austericida, que solo tiene ojos para sus tres obras emblemáticas y sus obsequios de dinero. 

Muy simple. Suficiente que cruce la frontera Sur y le planten cara los presidentes de Centroamérica y el Caribe, para que prontamente se convierta en un personaje dadivoso con lo que no es suyo, propositivo y hasta visionario para procesos políticos con desarrollo histórico propio, como el cubano. Fuera lo educan ipso facto. 

Y es que en su primera gira internacional en forma, la que hizo la semana anterior a cuatro países centroamericanos y uno caribeño, se le conoció una veta generosa que raramente se le había visto en sus 42 meses al frente del Poder Ejecutivo. 

Hay que recordar que sus anteriores tres salidas habían sido a los Estados Unidos y con un propósito específico. No es que esta gira no lo haya tenido, pero por primera vez el destino fue una serie de países. 

En el desempeño de un papel de Santa Claus sin barba blanca pero con alforjas generosas, AMLO estuvo en Guatemala, El Salvador, Honduras, Belice y finalmente el plato fuerte y postre del viaje que fue la escala en La Habana. 

Con su delirio del programa al que llama Sembrando Vida y con eso de que hay trabajadores de Guatemala desempeñando alguna clase de empleo en territorio nacional, decidió anunciar que 25,000 guatemaltecos serán ingresados al servicio del Seguro Social, como si la crisis de abasto de medicamentos e insumos médicos y la sobreocupación del sistema no fuera suficiente como para cargarla con un regalo al sur. 

Después se fue con Bukele a El Salvador, uno tan populista como él, pero claramente con gracia pública de la que Andrés carece, y ahí puso al canciller Marcelo Ebrard a anunciar el otorgamiento de millones de dólares para que los salvadoreños los apliquen entre los jóvenes, sin ningún condicionamiento ni correspondencia esperada de forma alguna. 

Llegó a Cuba y se le vio en los ojos un brillo que me recordó al de mi madre cuando la llevé a conocer el Alcázar de Segovia, porque en la escuela pública donde se educó le dijeron correctamente que hace siglos ahí estaban los tronos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. 

El silencio reverencial e incrédulo de mi madre volví a verlo cuando AMLO recibió la condecoración José Martí y, especialmente, en el momento cuando llegó a entrevistarse con Raúl Castro, nonagenario rescoldo de lo que todo mundo sabe que pasa en la isla. 

López Obrador levitaba y al mismo tiempo sentía satisfacer una necesidad del ala radical de su movimiento, tan diverso, ruidoso y plagado de tribus como sus antecedentes. El símbolo Castro dándole la impronta como amigo de la revolución y de la martirizada isla. Condecorado y llevado al oráculo. ¿Qué más?
 
Pero fue ahí en Cuba donde pudo haber cruzado el Rubicón de una guerra de la que quizá ya no pueda retroceder. 

MOVIMIENTO MÉDICO, ANTECEDENTE DEL 68 

Durante la parte ruda de la pandemia por la Covid-19, sucedida principalmente en el 2020, alguien en el gobierno de Sheinbaum sugirió y ejecutó la contratación de 500 médicos cubanos, eventualmente traídos para atender la urgencia impuesta por el azote del SARS-CoV-2. Pareció normal una contratación de refuerzo de este tipo. 

Ese contexto no es el de hoy. 

López Obrador hizo caso a uno de sus asesores y entre los regalos de su mano bondadosa entregó a Cuba un contrato a 500 médicos para traerlos a trabajar en sitios donde eventualmente pueden hacer falta. 

El argumento para el paquete con moño es que NO hay médicos suficientes en el país y que muchos de ellos no quieren ir a sitios difíciles, como la montaña de Guerrero, por ejemplo. Problema doble: médicos mexicanos que no quieren emigrar allá y falta de estímulos para que se vayan. 

Nadie lo ha dejado claro. Según el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, la agencia del Estado para la información estadística, en el segundo trimestre de 2021 había en México 305,418 médicos, 54% hombres y 46% mujeres. 67% médicos generales y 33% especialistas. 

El punto es que no se sabe con datos duros si son suficientes, pero ante la reacción de las organizaciones médicas, parece indicar que no solo cumplen con las necesidades del sistema nacional de salud, sino que hasta andan sobrando. Hay declaraciones que señalan incluso desempleo en el gremio. 

La reacción de rechazo fue inmediata por parte de los médicos mexicanos, apenas se hizo el anuncio de este obsequio de la mano pródiga del Lopezobradorismo. 

Un airado manifiesto firmado por los presidentes o dirigentes de 31 federaciones, asociaciones y colegios de médicos lanzó su “profunda desaprobación y enérgica protesta” por el anuncio de que traerán a los médicos de la isla. 

Eso sin contar que la Academia Nacional de Medicina citó urgentemente el jueves una sesión extraordinaria con su presidente al frente, José Halabe Cherem, para dejar clara su protesta por la importación de los 500 cubanos. 

Quizá los asesores que empujaron a esto a López Obrador no han medido bien o no han querido releer las lecciones que la historia ya nos mostró aquí mismo en México. 

Uno de los más simbólicos movimientos independentistas y de libertad sindical fue el movimiento médico que le estalló entre noviembre de 1964 y octubre de 1965 a Gustavo Díaz Ordaz. 

Grupos de médicos, en principio del Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, se rebeló ante los escasos salarios de los médicos, las leoninas guardias y cargas de trabajo que soportaban, así como la inveterada costumbre de despreciar y explotar a los médicos en internado, servicio y residencias. 

No es difícil imaginar cuál fue la reacción de Díaz Ordaz si ya conocemos sus criterios del posterior movimiento de 1968. Por supuesto que el Poblano vio moros con tranchete y a los médicos movilizados, que alguna vez llegaron hasta a tomar el zócalo capitalino con sus uniformes blancos y sus ojeras por las guardias prolongadas, los trataron con dureza. 

Hubo detenciones y auténtica mano de hierro, pero no fue fácil que los médicos doblaran las manos ante el golpeteo gubernamental ordenado desde Los Pinos. 

Ese fue el principal motivo por el que el movimiento médico prácticamente duró un año, hasta que alguien logró penetrar la dura coraza Diazordacista y se concedieron algunos de los principales reclamos de los de blanco. 

El movimiento de los doctores tuvo un antecedente en 1958-1959. Demetrio Vallejo y Valentín Campa encabezaron una huelga ferrocarrilera que andaba sobre demandas muy parecidas a las que menos de 10 años después lanzaron a las calles a los médicos. Mejores salarios y condiciones laborales humanitarias.  

Diversos analistas encuentran vinculación y proyección en los temas ferrocarrilero y médico, que no por distantes dejan de tener peso específico sobre las fuerzas que gravitan en el ámbito laboral del país. 

El Gobierno de la 4T debe medirlo muy bien. El Movimiento médico del 65 fue quizá una preparación a lo que vendría en el 68, donde confluyeron otros factores, pero sin duda que la gravitación de lo que hicieron los doctores sirvió de alguna manera a lo que sucedió en el 68. 

En el 1965, los médicos se encresparon por sus condiciones laborales y sus exiguas pagas. ¿Las recientes expresiones de protesta de las decenas de organizaciones y federaciones médicas van a parar ahí? 

La moneda está en el aire. ¿Progresará el movimiento contra la contratación de los isleños? ¿Y hasta dónde llegaría?  Y todo, por el “quedabien” Andrés que fue a la isla a congraciarse para recibir las aguas bautismales que los radicales de su movimiento contemplan complacidos y orgásmicos. 

Nada como la fuerza de los gremios. En 1965 los médicos mostraron su empuje y en sucesivas huelgas de hospitales, como el General en 1976, y en “asambleas” de médicos internos y residentes que de tiempo en tiempo han parado por seguir siendo considerados “alumnos” sujetos a enseñanza y no profesionales que cumplen con funciones plenas de trabajo, dentro de un proceso de instrucción para el aumento de sus habilidades. 

Ante cada expresión estudiantil, hoy recuerdan como primer punto el no dejar que se reproduzca nada parecido al movimiento del 68. ¿Nadie se acuerda entonces del movimiento médico del 65? 

Con los médicos hoy, la 4T le está hurgando el bajo vientre al tigre. Claro, el movimiento de los doctores fue hace casi 60 años, pero ¿no hay nadie que les pueda mover la calle? 

¿Tan seguros están que solo ellos saben hacerlo? ¿O es un buen pie de cría para la oposición política, rumbo al 2024? 

Les deseo un Gran Día de Sol. 
 

Twitter @undatosrarvizu 
FB Eduardo Arvizu Marin 
[email protected] 

 

 

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