Los Códices que consiguió La 4T

Eduardo Arvizu

Pocos lo saben, pero un regalo que en 1990 trajo el Papa Juan Pablo II en el equipaje de su segundo viaje a México causó una crisis interna en los ámbitos del primer equipo de colaboradores del Pontífice.

En medio de las formas correspondientes, el Vaticano cumplió con una cortesía diplomática: envió la comedida pregunta sobre lo que le gustaría al Gobierno Mexicano como regalo, para el protocolario momento del intercambio.

Carlos Salinas recurrió entonces a su Secretario de Estado verdaderamente culto, el Doctor Jesús Kumate, entonces prestigioso Secretario de Salud y hombre a quien el Presidente respetaba y hasta cierta admiración le guardaba.

Por el teléfono rojo de la red presidencial le llamó para trasladarle la pregunta. El ilustrado doctor pidió un tiempo para reflexionar.

En algún momento tomó el teléfono y llamó a su amigo el Doctor José Rodríguez Domínguez, Secretario de Salud de Veracruz en esos años, pero a quien unía respeto y cercanía por la amplia cultura que compartían. Inclusive, Kumate lo llamaba ‘filósofo de la medicina´.

De esa conversación salió la propuesta.

“Podríamos pedirle al Papa el Códice De la Cruz Badiano, que está en la Biblioteca Vaticana”, le dijo Kumate al Presidente.

El médico militar Sinaloense le explicó a Salinas que ese códice, de 1552, es el documento más antigüo que establece los tratamientos médicos Náhuas herbales y es considerada la primera obra de medicina de los pueblos originarios.

Salinas de Gortari hizo suya la propuesta y la mandó a El Vaticano por los canales pertinentes, hasta que llegó al propio Karol Wojtyla, el cual aceptó.

Mandó la orden al Bibliotecario Vaticano para que ubicara la obra y la entregara a la oficina Pontificia, pero algo pasó en el camino.

El viejo bibliotecario sabía perfectamente el valor de la obra y cuando le enteraron que el Papa la regresaría a México por la vía de un obsequio, primero se hizo el no enterado.

Cuando se produjo la lógica insistencia y se transformó en imperativa, el bibliotecario tomó el Códice De la Cruz Badiano y se salió de El Vaticano, para perderse en las calles de Roma y encontró refugio, sin que se haya precisado en su momento, en una casa de Jesuitas.

Finalmente no hubo de otra, fue localizado el viejo custodio de la Biblioteca que alguna vez fue de la muy infuyente familia Florentina Barberini, y el Códice quedó listo para ser entregado en México, como intercambio de regalos entre el Papa Juan Pablo II y Carlos Salinas de Gortari.

Ese sí que fue un hecho histórico. La llegada a México del Códice De la Cruz Badiano para ser entregado al Museo Nacional de Antropología de las manos de Juan Pablo II a las de Carlos Salinas fue, sin duda, la última vez que llegó a México un documento original del valor que tiene ese libelo.

Era 1990 y tanto Salinas de Gortari como el Papa Wojtyla sabían que se cocinaba el reconocimiento Constitucional de la Iglesia Católica en México. Había que preparar el terreno y a Juan Pablo II no le importó regresar a México un códice tan preciado.

Ese libro de medicina originaria detalla los remedios con hierbas que se usaban en esos tiempos. Se hizo en medio de una institución de cultura que se había constituido por esos días. Era el Colegio de Santiago Tlaleloco.

El Códice fue escrito por Martín de la Cruz, originalmente en Nahua. Los directivos del Colegio ordenaron una traducción al Latín, sensibilizados presumiblemente desde los recintos virreinales, pues algo ya traían en mente para ese que era un documento que desde el principio tenía gran valor.

Y vaya que lo era. El Virrey Francisco de Mendoza ordenó a su hijo que lo enviara a España como ‘un presente’ de la Nueva España, con la intención de recordar al Rey que la aportación de algún bien en efectivo no estaría de más para apoyar su representación en la Nueva España.

Era 1552 y el asunto no pasó a otra dimensión.

El nombre original de este códice es ‘Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis’ y adquiró históricamente el nombre de su redactor principal, Martín de la Cruz, junto con el de su traductor Juan Badiano, un xochimilca instruido y culto que plasmó en latín todo lo escrito en lengua Nahua.

La pieza se perdió en el tiempo y más de 70 años después, se tuvo registro de que en 1626 el asistente del Papa Urbano VIII llegó a Roma con el Códice entre su equipaje.

Le reportó al Papa, Maffeo Barberini, lo que entre otras cosas había obtenido de su viaje a España y en ese Siglo XVII el De la Cruz Badiano entra a formar parte de la Biblioteca Barberini durante más de 360 años, posteriormente y por pudor eclesial, la llamaron Biblioteca Vaticana.

Es entonces cuando sucede esta sucesión de circunstancias favorables para México como lo era el interés de Juan Pablo II, que de política sabía un rato largo, de regularizar y poner en la Constitución las relaciones oficiales de la Iglesia Católica con el Estado Mexicano.

Salinas lo sabía también. Con la intuición gatuna que siempre se le ha conocido, comprendió inmediatamente la importancia representada en la sugerencia que le hacía su instruido colaborador, el Doctor Kumate.

Era la segunda visita de Juan Pablo II a México. Habían pasado 11 años del relevante viaje que hizo el Papa a México en Enero de 1979, para participar en Puebla en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano CELAM.

Fue de verdad un hito. Ese fue en 1979 la primera salida del Papa Wojtyla durante su Pontificado, con una breve escala en la capital de la República Dominicana.

Hay que decirlo para encuadrar correctamente las cosas. En los últimos 31 años no ha llegado a México ningún otro documento original de la significación del ‘Libellus’.

Salinas lo obtuvo con dos telefonazos, a partir de circunstancias políticas ad-hoc y con la adecuada consejería. No tuvo que viajar ni mandar con maletas a nadie para dirigir rogatorias de ninguna especie.

A propósito del documento histórico más importante que ha sido reintegrado a nuestro país en los últimos 31 años, justamente mañana vamos a estar ante la teatrería de la 4T que busca tirarnos a la cara la historia oficial y reescribirla al gusto de los inquilinos.

Lo mejor de todo, es que ya se resolvieron los grandes problemas actuales del país. Y como ya está arreglado el presente, por eso se ocupan de ordenar el pasado.

Es de gran tranquilidad saber que Colón está en una bodega y no en Reforma; que Puente de Alvarado ya se llama México-Tenochtitlán con todo y su estación del Metrobus; que el árbol de la noche triste ya se llama el árbol de la Noche Victoriosa y que Iturbide es un vulgar ambicioso que se proclamó Emperador.

Comenzará mañana una exposición de documentos que conmemora los 700 años de la Fundación de Tenochtitlán y los 500 de la Conquista, o invasión de los Españoles.

Habrá documentos históricos diversos que fueron pedidos en su versión original a algunas autoridades.

Hay un impedimento legal que evitó que pudieran ser prestados ciertos códices y mapas. La Ley en México establece que ciertos ‘monumentos’ no pueden ser entregados a quienes los prestan. México no hubiese podido devolver lo que el año pasado fueron a pedir comedidamente.

Como el Papa Francisco es Latinoamericanista, ordenó que se hicieran unas fotocopias en color de alta calidad –facsimilares, les llaman- para enviarlas a la rumbosa exposición que tendremos en el Museo de Antropología.

El Papado nos aplicó la del Doctor Simi… lo mismo, pero más barato.

Aprovecho para saludar a la Señora Wong. Agradecido de que haya dirigido sus huestes hacia mí. En mi pasada colaboración no escribí sobre mí persona. Que sus bots usen contrargumentos a lo escrito, no descalificaciones personales. Lo decíamos con mis cuates en la Colonia: me viene guanga. Gracias de todas formas porque aumenta mis lectores.

Les deseo un gran día de Sol.
 

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