Normalización de la brutalidad

Editorial EL UNIVERSAL

Masacres, motines en prisiones, ejecuciones, saqueos, feminicidios, asaltos en carreteras, robo de combustibles a gran escala, secuestros y extorsiones, son algunos de los hechos de violencia que por desgracia se vienen multiplicando en nuestro país y que dan cuenta del vacío de poder que se registra en casi todos los puntos de la geografía nacional.

Desafortunadamente en México los asesinatos ya no son noticia. Para llamar la atención de la opinión pública, lamentablemente tienen que ser sucesos 'espectaculares' que involucren el daño a mucha gente o a personalidades del ámbito de la política, el arte, el deporte o los negocios, o por lo menos grupos de inocentes como estudiantes, trabajadores o familias enteras, que lleven a la sociedad a identificarse con ellos y provoquen indignación.

Crímenes en los que 3 o 4 personas pierden la vida, o aparición de cuerpos en espacios públicos, apenas llaman la atención y pronto pasan al olvido. Se trata ya de una normalización de la brutalidad.

Ante un problema que toma dimensiones gigantescas y ya decididamente descontroladas, el gobierno mexicano no le queda más que negarlo o minimizarlo, refiriendo que se trata de hechos aislados, violencia focalizada, células de organizaciones, o que de plano sí hay violencia pero se trata de “reacciones desesperadas” de los delincuentes ante el embate militar.

En el sexenio de Felipe Calderón se dijo que era “guerra necesaria” y que se verían los resultados. Su sucesor Enrique Peña Nieto llegó a asegurar que su gobierno había domado el problema —gracias a un elemento casi mágico: la coordinación entre fuerzas federales y estatales— y si bien los actos violentos bajaron en los primeros años de su sexenio, hacia el final volvieron a subir. Y aun más: el presidente López Obrador aseguraba que la violencia solo generaba violencia y confiaba en que con una amable política de “abrazos y no balazos” se operaría el milagro de reducir la criminalidad, y hasta en algún momento dio por decretado el fin de la guerra contra el narco.

Parece que ante la violencia descontrolada que azota al país, los gobiernos de los tres niveles en el país son meros espectadores, y el problema de los últimos tres gobiernos mexicanos, incluido el actual, es que, a pesar de sus discursos triunfantes, su respuesta ha sido casi exactamente la misma: despliegue de fuerzas en zonas de conflicto con un carácter meramente disuasivo. En tanto, siguen despreciando la verdadera necesidad en materia de seguridad interior: la profesionalización y ciudadanización de las policías, que continuará siendo el gran pendiente y posible partida para una solución.

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