Nobel y libertad de expresión

Editorial EL UNIVERSAL

En gran parte del mundo, si no es que en todo el orbe, los periodistas y comunicadores son trabajadores hostigados o reprimidos por su labor. En algunos casos, de los que lamentablemente nuestro país tiene ya una gran y trágica experiencia al respecto, la misión comunicadora ha llegado a ser causa de muerte para los representantes de la prensa y la opinión.

Por ello el que este año se haya concedido el Premio Nobel de la Paz a dos notables exponentes del gremio de la información y la denuncia, es hacer también un reconocimiento a quienes exponen su vida por señalar, sustentado en exhaustiva investigación, lo que no está bien, especialmente cuando algunos regímenes del planeta están apostando por callar las voces discordantes con los planes de gobierno o ahí donde se señalan actos de corrupción, abusos o malos manejos del poder, especialmente cuando éstos se convierten en represión y violencia dirigida contra los ciudadanos.

De manera reprobable, México es uno de esos países en los que el oficio de periodista se ha vuelto profesión de alto riesgo, especialmente para aquellos que no están dispuestos a callar para no incomodar al poder en turno, o a quienes exponen a aquellos que han encontrado en la ilegalidad formas de hacer dinero fácil y escalan la violencia en regiones del país.

Los periodistas María Ressa, de Filipinas, y Dmitry Muratov, de Rusia, que osaron enfrentar el poder de gobiernos tan polémicos como los de Rodrigo Duterte y Vladimir Putin, respectivamente, han experimentado en carne propia la persecución, el acoso y el hostigamiento del oficialismo de sus naciones, viendo caer a su alrededor a colaboradores, informantes y amigos que no corrieron la misma suerte de ellos de conservar la vida o la libertad.

Pero parece que el silenciamiento no solo es para periodistas, activistas y comunicadores. Ayer nuestro país se enteró que al interior del Conacyt se difundió un Código de Ética que en los hechos funcionará como un código mordaza para científicos y académicos, quienes ahora también han pasado a engrosar la lista de villanos favoritos del gobierno mexicano.

La defensa de la democracia y la libertad de expresión, la cruzada contra la violencia de cualquier tipo y la lucha por la inclusión y la no discriminación, así como el abogar por los derechos de la ciudadanía, serán misiones que los periodistas y los inconformes de cualquier signo no están dispuestos a renunciar en ningún punto del planeta.

 

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