Narco enquistado

Editorial EL UNIVERSAL

El narco está muy insertado en la sociedad y comienza a camuflarse en una estructura de vida civil, tras penetrar todas las capas sociales. Con técnicas que ahora hacen uso de esquemas como el outsourcing y contratando a grupos de trabajadores que se ofrecen para encubrir actividades ilegales bajo la apariencia de trabajos comunes, es como la delincuencia organizada está encontrando la forma de hacer pasar desapercibidas muchas de sus operaciones.

Esta vez es a través de contrabandistas que funcionan bajo fachadas de cooperativas pesqueras, aunque también organizan autodefensas o son capaces de hacer que los mismos pobladores expulsen a quienes se supone están ahí para defenderlos del crimen organizado.

El principal problema del crimen organizado es que lleva tanto tiempo enquistado en las regiones de las que surgió y ha operado por tanto tiempo que ya le ha tomado la medida al gobierno y puede ser indistinguible de la población e incluso puede haber hecho permear entre ésta su modo de pensar.

Lo que es urgente hacer es retomar el control en esos lugares, cubrir los vacíos de poder y acabar con la ingobernabilidad. Y hacerlo sin recurrir al uso de la fuerzo sino con el convencimiento social y el empleo de la razón antes que recurrir a las armas.

Tomar el control a sangre y fuego solo hará que se caiga en una escalada de mayor violencia, que es lo que menos se desea, pero que la vía pacífica tampoco implique el retiro de los efectivos militares, como es lo que “supuestamente” exigen los pobladores que han acudido a desafiar los cuarteles y hasta llegado a destruir helipuertos y pistas de aterrizaje del Ejército.

La presencia de los cuerpos de seguridad no se debe cancelar, pues es el recordatorio de que en esta nación hay un gobierno que eligió la sociedad y que está para brindarle seguridad y garantizar el libre tránsito y la realización de actividades económicas y sociales.

Asimismo, dar becas, apoyos y una política de “abrazos no balazos”, a la par de regañar a los jóvenes —o conminar a las madres para que lo hagan—, no va a hacer que la gente que ve su vida ya relacionada con el narco, la cambie, especialmente si no hay más oportunidades para hacerse de un ingreso económico o para salvaguardar la integridad de su familia con su complicidad, su silencio o su participación.

Hay que arrebatar el control del que se han apropiado los grupos criminales, y eso solo se logra con opciones legítimas de trabajo en los lugares en que están enquistados, idealmente con ingresos que superen los que proporcionan las actividades ilegales, así como con sanciones morales más severas, dejando de lado las felicitaciones a la delincuencia por “portarse bien”.

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