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Migración, mar y muerte

19/10/2019
02:19
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La migración por vía marítima, aunque usual en aguas como las del mar Mediterráneo y el Caribe (usada por cubanos en ruta hacia Miami, que hasta ha dado origen al término 'balsero' para referirse al migrante que acude a esta práctica), ha hecho su aparición en nuestro país como recurso desesperado ante el cerco establecido por la Guardia Nacional en la frontera con Guatemala.

El accidente ocurrido hace casi una semana, cuando volcó una lancha que transportaba a once personas de origen camerunés cerca de Puerto Arista, Tonalá, en la costa chiapaneca, con un saldo trágico de tres muertos, hizo voltear a ver lo que materia de migración ocurre en las aguas territoriales mexicanas.

En su afán de encontrar una mejor vida y hacer realidad o tener por lo menos un poquito de eso que se ha dado en llamar “el sueño americano”, migrantes de diversas nacionalidades (que incluso ahora van allá de las tradicionales centroamericanas y caribeñas, para diversificarse ahora hacia un ramal africano), han optado por elegir la ruta marítima en su intento por librar los controles fronterizos al sur de México y llegar después por tierra a Estados Unidos, lo que la convierte en una travesía de mayor riesgo, al enfrentar las impredecibles corrientes del océano Pacífico y su caprichoso oleaje en embarcaciones no hechas para la navegación en mar abierto. Estas nuevas y desesperadas rutas vienen a sumarse a otras igual o más peligrosas que la navegable, como el intento de cruzar por el desierto de Sonora hacia Arizona, enfrentando todas las adversidades derivadas de las terribles inclemencias climáticas; o la de llegar al norte trepados en ese ferrocarril de carga apodado La Bestia, en el que son ya cientos los que han perdido la vida arrollados al intentar abordarlo o al caer a las vías vencidos por el sueño o el cansancio. Eso sin contar las muertes ocasionadas por la delincuencia —que encontraba en los migrantes un blanco fácil— o las provocadas por traficantes y polleros sin escrúpulos que los abandonaban a su suerte en algún punto del desierto o encerrados en el interior de vehículos sin agua o ventilación.

El mayor control establecido por México para cumplir con los requerimientos de Estados Unidos, no detiene el flujo migratorio, y solo empuja a quienes pretenden entrar sin documentos al vecino país del norte, a tomar vías más cada vez más peligrosas. Mientras eso sucede, los planes para impulsar el desarrollo en Centroamérica van lentos y sin el apoyo decidido de Estados Unidos, por lo que nuestra nación queda sola en esa tarea de contención y con cargo de conciencia por las muertes inducidas por la rigidización en el control fronterizo. Urge revisar nuestras políticas migratorias para evitar decesos innecesarios.