México, potencia criminal

Editorial EL UNIVERSAL

El reporte Índice Global de la Delincuencia Organizada 2020 muestra un dato que resulta a la vez que revelador, escalofriante: México es ya una “potencia mundial” en materia de crimen organizado, al ocupar el cuarto lugar internacional en este rubro y segundo en el continente, de entre un listado de 193 naciones.

Se trata de un informe que realizan de forma conjunta la Unión Europea y los gobiernos de Noruega y Estados Unidos, y el cual incluye una calificación por país tasada en una escala del 1 al 10, y en donde México resulta reprobado en materia de respuesta del Estado, con una nota de 4.6, y en el que las conclusiones advierten que se debe a que no hay del gobierno una estrategia de seguridad coherente ni la capacidad para erradicar la corrupción prevaleciente, que en nuestro país se haya fuertemente politizada.

El ranking es preocupante considerando que nuestra nación no vive bajo estado de guerra y supuestamente es una de las primeras economías del planeta, por lo que son otras las causas que explican la violencia que se vive en distintos puntos de su geografía.

Uno de los delitos sobre los que se ha hecho el señalamiento es el tráfico de personas, que ocupa el segundo puesto de la incidencia de la criminalidad en México, solo siendo superado por el narcotráfico. Este mismo delito del tráfico de individuos es también el más extendido a nivel mundial.

Con la crisis migratoria en las fronteras norte y sur, queda de manifiesto el largo brazo del crimen organizado al ser el tráfico de personas uno de sus negocios más rentables solo detrás del comercio de estupefacientes y sorprendentemente por encima del contrabando de armas.

Sorprende la movilidad de migrantes como los haitianos que tan pronto ya cruzan por Tapachula, casi al día siguiente hacen su aparición por Ciudad Acuña. Y lo anterior se debe a que son movilizados por grupos organizados que les ofrecen introducirlos a territorio estadounidense a cambio de cuotas monetarias que no resultan nada económicas y a cambio de las cuales solo reciben como servicio maltratos e incertidumbre.

Combatir el crecimiento de la delincuencia organizada y su paulatina, pero al parecer irrefrenable, intromisión en la vida cotidiana de los mexicanos es una tarea que no solo compete a los gobiernos, sino a la sociedad toda que debe dar una mayor atención y una mejor educación a sus generaciones, para que no tengan la necesidad de seguir el canto de sirenas que ofrece el dinero fácil y la ambición de poder. Solo así se podrá derrotar a la corrupción cuya más terrible cara es el crimen organizado.

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