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26/01/2020
01:31
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La nota que este diario publica hoy sobre la incorporación de un grupo de niños como integrantes de la Policía Comunitaria de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC), en Ayahualtempa, Guerrero, para luchar al lado de sus padres contra grupos del crimen organizado, habla de un nivel más que se ha descendido en la escalada de violencia en México, en donde sus propios familiares prefieren que anden armados a esperar que un día los llamen de la escuela para avisarles que algo les ocurrió o simplemente pasar a reconocer sus cuerpos.

Y es que no se puede decir que se trate de un asunto regional o meramente circunscrito a una zona aislada del país. Es una amarga realidad que poco a poco está alcanzando todos los rincones de México, en los que la desesperación está llevando a gente de todas las edades a tomar medidas contra un problema que todavía no acaban de entender en qué momento los alcanzó o cómo es que los envolvió.

Se trata de menores que aún sienten la pasión por jugar en los patios, por correr tras un balón en las calles, pero que en vez de mochila, ahora cargan un rifle, una escopeta, que no desean soltar ni un solo instante, pues la hora de usar el arma puede llegar en cualquier momento ya que las amenazas del grupo criminal, que se hace llamar Los Ardillos, son constantes y van dirigidas principalmente hacia las autoridades y los policías comunitarios.

Los niños de Ayahualtempa saben del peligro que corren, pero prefieren estar al lado de sus padres y enfrentar al enemigo junto con ellos que quedarse en sus casas, atrincherados tras una puerta, con el miedo y la angustia de no saber si su progenitor regresará.

Un país en el que hasta sus niños tienen que armarse porque sus habitantes se sienten desprotegidos, en el que hasta ir a la escuela es un peligro, en donde el vacío de autoridad ha permitido que grupos criminales hayan crecido en poder y penetración e impuesto su ley en vastas regiones, es un país en el que las promesas de campaña no han podido ser cumplidas ni tampoco han funcionado la reorganización de los cuerpos de seguridad o las políticas de “abrazos” hacia quienes han decidido transgredir la ley.

La angustia de un niño, la intranquilidad que puede sentir por un futuro incierto, sin seguridad de prácticamente nada que no sea una violencia incomprensible a su corta edad, es un llamado de alerta para corregir el rumbo que se ha tomado en materia de seguridad. Por una infancia que vuelva a jugar, estudiar y, ¿por qué no?, poder dormir tranquila.