Se encuentra usted aquí

08/12/2019
02:26
-A +A

Read in English

Aunque entre ellas no hay un culto numéricamente dominante, en conjunto las denominadas iglesias evangélicas son el segundo grupo religioso más importante en América Latina, disputándole al catolicismo la supremacía dentro del cristianismo.

Y aunque su lucha parecería perdida contra movimientos en pro de libertades como la de la diversidad sexual o por el aborto seguro, lo cierto es que estos grupos han encontrado un nicho de expansión entre personas conservadoras que encuentran en ellos un refugio en común. Es tal su penetración en la sociedad, que prácticamente en toda Latinoamérica se han convertido en un grupo de poder no sólo ideológico, sino también económico y político, extendiendo su influencia más allá de los templos y ocupando espacios a través de sus propios medios de comunicación o fundando sus propias organizaciones políticas, como es el caso en México del Partido Encuentro Social, que se adhirió en las pasadas elecciones presidenciales al bloque encabezado por Morena, mismo que puso en la presidencia a Andrés Manuel López Obrador, tras cuya victoria varios grupos evangélicos han incrementado su presencia en la esfera pública nacional.

Estos avances se perciben en las cifras del crecimiento de los grupos también conocidos como sectas, contando entre los más destacados a protestantes y pentecostales, que se cuadruplicaron en poco menos de una década, al pasar de 1,331 congregaciones que había en 2010 a 5,843 hasta la última medición del Inegi en este 2019, aun cuando la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (Confraternice) asegura representar a más de 7 mil grupos, siendo uno de los de más rápida expansión el denominado Luz del Mundo, con casi un siglo de existencia, que por sí solo cuenta con más de 600 mil feligreses en todo México y un poder económico que lo hace tener no sólo empresas en sectores comerciales, inmobiliarios o informativos, sino contar incluso con tres legisladores en la Cámara de Diputados.

Aunque tales congregaciones justifiquen su presencia argumentando el bien público y otros beneficios, la realidad es que muchas de estas iglesias están organizadas para funcionar como negocios que llegan a manipular a la gente en su provecho. Por algo es que se ha hecho necesaria la división estado-iglesia y en ese sentido se debe mantener una posición rígida como se sostuvo durante décadas de separación de los asuntos públicos de los religiosos. Aquí, sin embargo, nos topamos con una omisión de la Cuarta Transformación —que curiosamente choca contra la Segunda Transformación, cuya esencia fue la Reforma de Benito Juárez— y por el contrario vemos un cuestionable acercamiento hacia estos grupos.