El enemigo en casa

Editorial EL UNIVERSAL

El de la violencia familiar es un problema que se ha minimizado en los círculos de gobierno, pero que las cifras actuales dejan ver que no se trata exclusivamente de una consecuencia del confinamiento sino que se trata de un asunto más profundo y más arraigado en el país.

Lo anterior se demuestra con un incremento de 24.7% de casos de violencia familiar en los primeros cinco meses de 2021 a un promedio diario de 717 carpetas de investigación que se abren por ese delito, ocupando la Ciudad de México el primer lugar de incidencia, tal vez por ser una de las entidades más pobladas o por que hay entre sus habitantes un mayor nivel de conciencia sobre el problema, que lleva a las víctimas a denunciar.

En este sentido, es posible considerar que el movimiento feminista ha incidido entre las mujeres para que dejen de normalizar el problema y decidan romper con ese ciclo de violencia con sus parejas, por lo que ya no se le puede echar la culpa al confinamiento, pues queda manifiesto que es algo que estaba presente desde antes y cuya tendencia es creciente.

Y es lamentable porque se trata de violencia de familiares contra familiares, lo que lo hace aún más terrible, pues se trata de gente cuyos sentimientos hacia los suyos debían ser todo lo contrario.

Desde hace un año se advirtió que la problemática de la violencia al interior de los hogares iba para arriba, pero el gobierno federal primero lo negó y más tarde lo minimizó, por lo que no se tomaron medidas al respecto mientras que el problema aumentó.

Si bien podría presuponerse que el confinamiento del año pasado habría detonado la incidencia de la violencia familiar, resulta increíble que ésta persista aun cuando ya se han relajado las medidas y se ha reabierto buena parte de las actividades económicas y sociales. No obstante, algunos expertos señalan que fue precisamente el confinamiento y el cese parcial de actividades las causas que desalentaron o retrasaron la presentación de denuncias por este tipo de agresiones.

Pero hay que considerar que la pandemia y sus repercusiones, sobre todo en los ámbitos laboral y económico, se tradujeron en generadores de estrés, ansiedad, angustia y depresión al interior de los hogares, y que no se debe explicar o asociar el incremento de la violencia únicamente con relación al Covid, sino debe verse como una suma de elementos multifactoriales, donde las estadísticas que se conocen constituyen simplemente la punta del iceberg de un problema mucho más grande y extenso que requiere atención inmediata con políticas de atención y prevención que permitan abatir su incidencia.

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