Desastres, reto relegado

Editorial EL UNIVERSAL

En un corto lapso, el territorio mexicano se ha visto impactado por una serie de desastres tanto epidemiológicos como climáticos y geológicos que han llevado a miles de personas a perder tanto a seres queridos como al patrimonio que en algunos casos les ha costado toda una vida forjar.

Incendios forestales, inundaciones, huracanes, terremotos y pandemias parecen haberse juntado para afectar y desestabilizar la vida nacional en momentos en que además hay una severa crisis económica y falta de empleo.

Lamentablemente asuntos como la prevención de desastres no son el tipo de gastos de gobierno que los políticos puedan presumir, como sí se los permiten otro tipo de obras como las carreteras, los hospitales, los sistemas de transporte o los aeropuertos.

Junto con los programas sociales, las construcciones -entre más faraónicas, mejor-, y desde que apenas son promesas, son dos de los principales recursos con que cuentan candidatos y aspirantes para ganar el apoyo popular. Si bien obras como drenajes o entubamiento de ríos son también necesarias, la gente no las considera como para su beneficio directo, en especial cuando se trata de cauces de temporal que la mayor parte del año están secos o con un nivel bajo de agua.

Así, los políticos no tienen incentivos para emprender obras que podrían prevenir desastres, porque para la gente es un beneficio que no se ve, incluso si la obra se hizo y funciona pero pasa desapercibido porque solo en las emergencias es cuando se hace evidente su carencia.

Ante la llegada de los desastres, los políticos suelen culpar a la naturaleza o a los gobiernos pasados, pero es claro que si hubiera habido un trabajo de prevención, muchos de éstos no habrían ocurrido o su impacto sobre la población sería menor o inocuo.

Uno de los principales retos en materia de prevención lo impone el cambio climático, que queda claro que ha dejado de ser solo una hipótesis científica para convertirse en una trágica realidad con la que tendremos que aprender a convivir y sortear de maneras que exigen más que nunca de creatividad y empeño.

Ante emergencias y desastres que serán cada vez más comunes, eso funcionará como el detonante que haría falta para modificar la mentalidad tanto de los gobiernos como de la ciudadanía, para dejar de priorizar asuntos y obras que tienen recompensa en el corto plazo y así dedicar más recursos e investigaciones a la prevención de desastres de todo tipo.

 

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