Desaparecer sin remedio

Editorial EL UNIVERSAL

Cada día que pasa en México, diecinueve hogares se quedan sin un integrante de la familia. Mexicanos que sin importar edad, sexo, religión, ocupación o posición social, un día dejan de asistir al trabajo, a la escuela, al gimnasio, al mercado, al grupo religioso, al parque o simplemente ya no regresan a su casa o son sacados de ésta para no volver más.

Son más de 14 mil 500 personas de las que no se volvió a saber desde que comenzó la actual administración del país, el primer día de diciembre de hace dos años, y por cuyo paradero y el dolor que dejan en quienes desde entonces no descansan para volver a saber de ellos, cada vez parece haber más insensibilidad entre las autoridades que deberían de encargarse de investigar qué ocurrió y a qué lugar fueron a dar, tanto si viven como si murieron.

Y si bien las desapariciones ocurren prácticamente en todos los puntos de la geografía nacional, son 10 estados los que concentran el mayor número de ellas.

Lo más preocupante de las desapariciones es que en su comisión intervienen tanto grupos criminales como elementos policiacos o militares. Y también es que por la inacción o tardanza para actuar de estos efectivos encargados de brindar seguridad, se desperdician minutos valiosísimos que para muchas de las víctimas podrían haber representado la posibilidad de retornar con sus seres queridos.

No se debe dejar de lado lo doloroso que es para las familias hacer la búsqueda de sus desaparecidos, y en la que destaca la labor de decenas de brigadas y colectivos, en su mayoría conformados por mujeres, que emprenden las investigaciones que los gobiernos no realizan o se tardan en efectuar.

Indignación despertó hace poco el anuncio de que en Guaymas, Sonora, el gobierno municipal realizó una entrega de palas y cubetas para que fueran los propios familiares quienes hicieran las excavaciones en campo para buscar a sus desaparecidos. El acto se interpretó como una burla al dolor de quienes han perdido a un miembro de sus familias. Al parecer, no hubo quien a esa autoridad, en su círculo inmediato, le señalara que ese gesto sería mal recibido.

Lo anterior es muestra de la insensibilidad a la que están llegando nuestras autoridades ante una cada vez mayor cantidad de casos que se van acumulando uno tras otro y donde son poquísimos los que alcanzan una resolución que devuelva algo de tranquilidad o resignación a las familias. A ello se suma el escaso interés que para el actual gobierno tiene la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, que sigue sin titular, a tres meses de la salida de Mara Gómez. Así, seguirán aumentando los mexicanos que desaparecen sin esperanza de volver.

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