Depredación cibernética

Editorial EL UNIVERSAL

La Guardia Nacional revela que los reportes ciudadanos por delitos cibernéticos contra menores de edad se dispararon alarmantemente en el primer semestre de 2020, al parecer estimulados por el propio confinamiento impuesto por la pandemia y un mayor tiempo que niños y adolescentes pasan conectados en sus computadoras o celulares.

El delito de pornografía infantil detonó a niveles inéditos, con un incremento de 157% con respecto a lo registrado durante todo el año anterior. Pero el que alcanzó niveles preocupantes es la pedofilia, cuyos reportes se multiplicaron hasta 17 veces, pues mientras en todo 2019 las autoridades tuvieron conocimiento de 15 casos, en tan sólo la primera mitad de 2020 la cifra alcanza ya un saldo parcial de 262 incidentes.

Y pese a lo escandaloso del incremento, aun así hay que precisar que se trata solo de reportes ciudadanos que no necesariamente reflejan la dimensión real del problema a escala nacional —que lamentablemente debe ser todavía mucho más vasto que los números presentados—, ni se convirtieron en denuncias formales presentadas ante las autoridades encargadas de perseguir infractores y aplicar sanciones, por lo que muchos de quienes fueron señalados a través de mensajes anónimos o en redes sociales, aún siguen libres y continúan acosando menores, tanto de manera presencial como en su modalidad virtual.

El ciberacoso sexual contra menores no es un problema tecnológico, sino uno de depredación y de degradación moral de la sociedad. Desafortunadamente México es uno de los lugares en donde más se trafica con pornografía infantil y pedofilia, la cual se ejerce con o sin computadoras de por medio. En este sentido, ni siquiera ayudan los bloqueos o antivirus que instalen los padres de familia en los equipos, ni las continuas y reiteradas recomendaciones a los hijos para que eviten a desconocidos en línea o accedan a programas o aplicaciones sospechosos. Estos delincuentes, auténticos depredadores del ciberespacio, saben cómo infiltrarse y ganarse la confianza de los menores, frecuentemente haciéndose pasar por uno de ellos.

Así, el problema no es de tecnología dañina —que ciertamente ha venido a facilitar mucho los ilícitos—, sino uno peor: la impunidad que solapa a quienes hacen ese tipo de abuso sobre niños y adolescentes, y a la que en muchas ocasiones caen las propias víctimas al guardar silencio por vergüenza o por no querer ver sus asuntos penales aun más expuestos. Es hora de parar toda depredación contra nuestros niños y jóvenes, y estar alertas y receptivos a cualquier situación que los perturbe.

 

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