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Contra la clase media

Editorial EL UNIVERSAL

Con 12 millones de mexicanos que viven en estos momentos con desempleo total o temporal, y otro gran sector de la población con ingresos mermados hasta por casi la mitad de lo que acostumbraban percibir antes del inicio de la contingencia sanitaria mundial por coronavirus, uno de los segmentos más afectados ha sido sin duda la clase media, la misma a la que se le ha negado todo tipo de apoyo por considerarse que no lo requiere y que sólo se debe apoyar a los más necesitados.

El propio presidente admitió que de entre todos sus gobernados, sólo podría intentar asistir a unos en detrimento de otros, cuando anunció al inicio de la pandemia que solo se iba a apoyar a un aproximado de 70 por ciento de la población, lo cual no fue no fue justo para quienes, sin ser ricos, generan empleo, es decir, los pequeños negocios, como por ejemplo una tortillería, en la que la gente que labora lo hace con ingresos que se considerarían a veces como correspondientes a la línea de la pobreza.

A ese tipo de establecimientos apenas si se les consideró como destinatarios de programas de “apoyo” que consistían no de ayudas económicas o de condonación del pago de impuestos o de servicios básicos como electricidad o agua, sino de créditos (préstamos) por montos que sólo podrían emplearse para afrontar gastos operativos por uno o dos meses, tras los cuales regresarían como al principio pero con el agregado de tener una deuda adicional a cubrir en un plazo determinado.

Parece olvidarse que tales negocios en un alto porcentaje no son propietarios del local en el que están ubicados, por lo que deben pagar alquiler por cantidades que, sin ingresos en monto suficiente, se vuelven incosteables. A ello hay que añadir compra de insumos, materias básicas para producción, pago a proveedores, distribución y entrega de mercancías o productos, y, por supuesto, sueldos y prestaciones.

En este sentido es evidente que hay una concepción errónea de las empresas en México, en primera que muchas no tienen los grandes superávits ni copiosos excedentes de ganancias, sino que la mayoría subsiste con lo que ingresa al día y están en un frágil equilibrio que contingencias como la pandemia, pueden fácilmente trastocar, con la afectación no solo para el dueño del establecimiento, sino para toda la gente que directa o indirectamente dependen de su funcionamiento. Y es una cadena en que con un eslabón que se atasque o se pierda, arrastra al resto y se daña todo el aparato que conocemos como economía nacional. El gobierno debe pensar integralmente y no en suma de partes.

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