Obama: un hombre de Estado

Edgar Elías Azar

Obama fue un personaje político que siempre gobernó con el ejemplo. Sabía bien que para gobernar no era suficiente la determinación, sino que eran necesarias las ideas

No es sólo mi percepción sino la de muchos con los que he platicado sobre el tema. Hacen falta más hombres de estado como Barak Obama.

¿Por qué recordar a un presidente estadounidense que dejó la presidencia hace ya dos administraciones y de un país que no es el nuestro? Porque el carácter y la determinación política, la vocación democrática y la humildad moral, son valores universales que escapan del tiempo y de las fronteras; mucho pueden enseñar para el futuro, explicar aquel presente y recordar las glorias o las vicisitudes del pasado.

La mitad del siglo XX, un periodo que desde la perspectiva de la construcción de las ideas y de las instituciones se puede calificar como el último gran periodo de nuestros tiempos, el mundo se encontró rodeado y habitado por líderes de todos los talantes. No es necesario inscribirse en ninguna ideología para aceptar que durante ese periodo existieron hombres y mujeres de muy diversas ideas y posturas políticas, pero con un potencial intelectual que empujó al mundo para salir de las terribles calamidades causadas por la segunda guerra mundial.

Desde intelectuales de inmensa valía, hasta, por supuesto, políticos de gran visión y determinación. Músicos, pintores, poetas, luchadores sociales, escritores y filósofos, que en la mitad del siglo XX supieron encontrar un espacio y debatir entre sí. La construcción democrática del mundo, mucho les debe tanto a los defensores de este sistema, como a sus detractores. Sin la existencia de comunistas devotos, los liberales no hubieran tenido que reformular y defender sus ideas y argumentos. Es decir, las ideas requieren de un eco, aunque este sea disidente, para poder crecer y concretizarse.

El mayor problema de Obama fue la ausencia de ese eco que hiciera resonar sus ideas en un mundo carente de ellas. Un hombre que su liderazgo no era de esta época, y su visión sobre la democracia y el mundo libre, no tuvieron el impacto que se hubiera deseado.

Obama fue un personaje político que siempre gobernó con el ejemplo. Sabía bien que para gobernar no era suficiente la determinación, sino que eran necesarias las ideas. Un hombre que nunca se le vio bajar de un vuelo, sentado en una banca o descansando en algún parque sin que estuviera acompañado de un libro. Cuando Chávez le quiso dar una lección con frases de Galeano, Obama no era un ignorante del tema y había leído y reflexionado sobre “las venas abiertas” desde tiempo atrás; conocía las frases, conocía la retórica y conocía al autor de dónde venían.

Este rasgo es significativo para calificarlo como un hombre de Estado. Pues no basta con tener ideas o una ideología, sino que es necesario reflexionar sobre ella y estar dispuesto a que sea refutada. En su caso, el talante democrático y deliberativo de su personalidad, lo llevaron siempre a poner sus ideas en duda frente a cualquiera. A buscar recursos intelectuales que las soportaran y, sobre todo, a estar seguro de que defendía las ideas correctas y no sólo las que le dictara su intestino.

“Puede ser que todos vengamos de orígenes distintos, pero todos queremos llegar al mismo destino”.
¿Cuál es ese destino? El de un mundo mejor. Mejor para vivir, mejor para desarrollarse, mejor para construir una vida que valga la pena de ser vivida.

Estas características lo sumergieron en una visión fundamental para cualquier hombre de estado: la visión global (holística) del mundo y de sus problemas y una perspectiva preventiva hacia el futuro (qué hacer para obtener el mundo que se desea).

La política no sólo es reactiva, debe ser propositiva y activa. En la actualidad estamos rodeado de personas que sólo se ocupan de atender los problemas que “surgen” en el momento; atiende la coyuntura y no lo principal. Sin saber ver al futuro y sin conocer el pasado. “Resolver”, parece ser la nueva forma de hacer política, cuando la buena política debe concentrarse en “construir”. Eso lo sabía bien Obama y siempre lo procuró de esa manera. “Se derramó mucha sangre, sudor y lágrimas para llegar a donde estamos hoy, pero esto es sólo el comienzo. Tenemos que asegurarnos de que el mundo dónde vivirán los niños de hoy sea, al menos, un poco mejor”.

Honradez intelectual, visión del futuro y coherencia democrática, son los ingredientes que hicieron de Obama un hombre de estado.  

Magistrado del PJCDMX.
Exembajador de México en los Países Bajos

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