¿Cuánto puede resistir un pueblo? ¿Cuánta miseria se puede soportar? ¿Cuánta hambre se tiene que sentir para perder toda esperanza? ¿Cuántas libertades se han de suprimir antes de que me sienta como un prisionero en mi propia tierra? Más de 60 años en la miseria. Más de 60 años soportando la vida. Más de 60 años sin otra ilusión, más que la del sol, la música y la compañía de otros que viven en la misma miseria. El pueblo cubano ha resistido más de lo que podríamos algunos pensar. Ha soportado la existencia de un Estado que lo tiene y mantiene sometido por todos los rincones y en todas las fibras de lo que puede considerarse una vida buena y digna.

Un Estado que se ha mostrado incapaz de todo. Incapaz de recuperar una economía, incapaz de ofrecer trabajo digno, incapaz de proteger a los individuos en sus libertades más básicas, incapaz de proveer alimento, incapaz de proveer educación, incapaz de desarrollar una sociedad donde todos tengan cabida y posibilidad. Un Estado que, a base de opresión, miedo y sigilo, ha logrado mantener a todo un pueblo sometido. Un Estado que sigue defendiendo una ideología anacrónica, probada históricamente como moralmente corrupta e injusta.

Un pueblo entero muriendo de hambre y ahogado en sus sueños que es observado por el resto del mundo; y solo eso: observado. Separados del mundo por la más terribles de las individualidades, la geográfica, pues es infranqueable e inmodificable, y los convierte únicamente en un objeto ajeno y alejado. No tienen vecinos, no tienen aliados territoriales, no tienen compañeros cercanos que puedan venir a su auxilio. Encerrados entre esos muros de sal, sólo han existido dos opciones para ellos: quedarse a sufrir o volcarse sobre las olas, que en veces huelen a libertad y otras a muerte.

Un Estado que, basándose en el romanticismo de una idea, en el sentimentalismo revolucionario de mitad del siglo XX y con las estrategias de inteligencia de un sistema ya desaparecido y derrocado, continúa manteniendo a un pueblo encadenado a dos décadas de iniciado el siglo XXI. Tan anacrónica su posición, como ridícula.

Ridícula como todas las dictaduras latinoamericanas, que resultan en veces más crueles que cualquier otra, pues se basan no sólo en el miedo, no sólo en la imposición, no sólo en la amenaza de perder mi vida, sino en el hambre. En mantener al pueblo hambriento, débil y somnoliento. Mantenerlo en una circunstancia donde el deseo de un pan vale más, es más vital, en más esencial, que el reclamo de cualquier libertad.

El concepto de inevitabilidad histórica ha sido recurrentemente debatido, rechazado por muchos y abrazado por otros. No creo en la determinación histórica de los pueblos, pero sí creo en las consecuencias de ciertos actos, en la concatenación lógica de eventos que invariablemente nos llevan a determinados resultados. En ese sentido, pienso que el movimiento cubano es inevitable. Pienso que, como la olla exprés, si no se destapa, revienta; el pueblo cubano está en ese momento de hervor.

Sin embargo, la historia también enseña, orienta, auxilia y guía el pensamiento, y no es el primer pueblo que se levanta en las últimas décadas o en los últimos años: la primavera árabe, los movimientos estudiantiles en Chile, las movilizaciones masivas en Venezuela, los últimos sucesos en Colombia. Estos ejemplos que me da la historia no me gustan. No me gustan, porque en todos, la dictadura, el sistema, el Estado, pesó más que el pueblo, que el reclamo, que la libertad. Porque se impuso el régimen, y todo volvió a ser igual y lo mismo, en la mayoría de los casos: miseria, sometimiento y ausencia de esperanza.

¡Cuba, eres dueña de tu historia! No claudiques.  

Magistrado en retiro del PJCDMX.
Exembajador de México en Países Bajos

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