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21/11/2019
00:51
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En conversaciones diferentes, separadas apenas por unos cuantos días, las dos tareas textuales principalísimas (leer, escribir) se me aparecieron bajo una nueva luz. Leer: interpretar con la mirada y con la mente los signos escritos o impresos; escribir: dejar en el papel (arena, viento, roca, muros…) los signos descifrables que transmiten con solas palabras ideas y emociones, opiniones y consignas, poesía y propaganda.

Hace algunos lustros, el gran Roberto Calasso formulaba, ante la miríada de correos electrónicos que atestiguábamos, la siguiente observación: nunca antes en la historia se ha escrito tanto, con tanta frecuencia y en las cantidades ingentes con que ahora (entonces) se hace.

Pero Calasso hablaba de un territorio acotado y ya dejado atrás: ahora esos volúmenes de textos escritos han aumentado hasta el vértigo debido a las redes sociales, de las que no tengo una idea precisa porque no soy parte de Twitter ni tengo Facebook, aunque todos los días utilizo los servicios de mensajería de WhatsApp. Lo mío es el papel y la tinta y trato de adaptarme.

Millones y millones de textos breves circulan por la logósfera —que otros llaman la Red— y la llenan hasta los bordes con una marea incesante absolutamente imposible de procesar en su conjunto: apenas podemos verla de lejos y considerar sus dimensiones dinámicas.

La diferencia entre ésta y aquella época de la que hablaba Roberto Calasso es que ahora lo que se escribe (y lo que se lee) es obra de robots. No leen y escriben seres humanos sino máquinas, programadas para esos dos fines, sobre todo la lectura: bots que leen lo que escriben otros bots, según me explica una amiga que sabe de esto.

Es un tsunami planetario de escrituras y lecturas tecnológicas que le da la vuelta al mundo varias veces al día. Qué significado preciso tenga y cuáles sean sus alcances presentes y futuros es algo que no puedo decir, pero declaro con franqueza que no es algo que me entusiasme. Al escribir esto me presento como lo que soy: un septuagenario incapaz de entender cabalmente (no tengo problema en admitirlo) lo que sucede.

Como se puede ver, nada digo de la corrección, la calidad y el sentido último que tienen esos escritos. Es evidente que muchos de esos “productos” han sido diseñados con fines aviesos de guerra política; otros son meras excrecencias de un tipo desconocido de ocio improductivo.

Es posible que estemos asistiendo a una mutación civilizatoria, para decirlo con largas palabras que suenan muy bien, en congresos académicos y sesudos editoriales; es posible que lo que aquí comento sea un incidente al final olvidable en la historia. Sospecho, sin embargo, que hay aquí mucho más de lo que nuestros comentarios y análisis pueden procesar con sensatez.

Quizás la inserción ciclónica de la tecnología digital en nuestras vidas cambie el mundo. No lo sé. Los seres humanos son sorprendentes en su fragilidad y en su fuerza. 
 

Poeta, editor, ensayista y traductor mexicano

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