El arte es una necesidad. Tanto la contemplación o disfrute del arte hecho por otros como el que podemos hacer nosotros mismos como individuos. En diversas disciplinas suele haber menosprecio por algunas manifestaciones vernáculas versus el arte surgido de universidades o academias. Lo mismo ocurre con las ciencias como la mecánica o la agricultura: el ingeniero contra el maestro, ambos mecánicos, uno que pasó por la universidad y otro que aprendió en la práctica. El albañil o plomero contra el arquitecto es otro ejemplo. Sin embargo, el conocimiento empírico también vale, y puede valer mucho. Así es que lo popular no es necesariamente carente de valor. El concierto de Shakira en la plancha del Zócalo es un ejemplo de ello, que vale mucho más de lo que costó.

Un tema que frecuentemente abordamos los economistas es del valor de las cosas. La determinación del costo de producción es un buen punto de partida, pero no es necesariamente su valor. Ver una puesta de sol en una playa parecería no tener costo, pero tiene valor. Contemplar una pintura o admirar la arquitectura de una iglesia también tienen valor, aunque pareciera que el costo de la contemplación individual es de cero.

Una forma fácil de determinar el valor de algún bien, como visitar unas ruinas arqueológicas, consiste en estimar el costo de llegar a ellas. El valor del tiempo invertido, el desgaste del vehículo y gasolina o el pago del transporte, se pueden cuantificar y encontrar el valor de la visita para las personas que lo visitan. Una más, consiste en preguntar a las personas cuánto estarían dispuestas a pagar por un bien que es gratuito. Aunque es un mecanismo imperfecto, ayuda a determinar el valor de algún bien público.

El concierto de Shakira entra en estos últimos casos. ¿Cuánto estarían dispuestos a pagar las personas que asistieron, en caso de que no fuera gratuito? Previamente había dado un concierto en un estadio privado. Tomemos el costo de la entrada como aproximación. Con esto nos daremos cuenta del valor económico de su actuación. Se dice que asistieron aproximadamente cuatrocientas mil personas. Si imputamos un valor de cien pesos para cada persona que asistió como posible voluntad de pago, el resultado nos lleva a cuarenta millones de pesos. Esta es una aproximación rudimentaria al valor de este concierto y una forma de estimar el de otros eventos semejantes.

Esto no incluye la derrama económica. En estos eventos cantidad de personas encuentra un modus vivendi, en ocasiones informal, como la venta de artículos alusivos a la cantante sin el pago de regalías o la venta de alimentos y bebidas. Pero no dejan de ser fuentes de empleo, aunque no paguen impuestos.

El arte y el deporte tienen otros beneficios como la generación de endorfinas que relajan y tranquilizan a la población del stress diario al que estamos sometidos. En estos términos, estos eventos son también psicoterapéuticos; es difícil cuantificar el valor del equivalente a ir a terapia, pero el beneficio no se puede ni debe negar. Este tipo de eventos permite que mucha gente pueda asistir a eventos que de otro modo estarían fuera de su alcance. Es una forma de democratizar al arte.

Una crítica a estos eventos es que no es otra cosa que la forma moderna de dar pan y circo a la población. Podrían tener razón quienes ven las cosas de este modo. Pero esta visión no invalida la anterior, por lo que me mantengo como partidario de los actos artísticos populares masivos

***

Hay otra lectura de este evento: es posible tener eventos masivos sin que el crimen organizado haga de las suyas. El mensaje es también para señalar que el Mundial de Futbol puede tener lugar en México de manera segura.

Docente de la maestría en Economía, FES-Aragón-UNAM.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios