El Gas del Bienestar y los órganos reguladores

Darío Ibarra

Una característica del actual Gobierno es el intento de fortalecer la presencia del Estado en la economía de diversas maneras. Desde la intención de fortalecer a dos importantes empresas públicas como PEMEX y CFE, hasta la construcción del tren maya pasando por el reforzamiento de algunos programas sociales como el de pensiones a adultos mayores. Considerando que el credo económico dominante, no solo en México sino en el mundo, señala que el sector público debe quitar sus manos de la economía tanto como sea posible, en definitiva nos encontramos ante un fuerte golpe de timón. En el pasado el control de precios y la existencia de empresas públicas no siempre dieron los resultados deseados en cuanto a eficiencia. Pero lo mismo se puede decir de la política económica dominante: ha generado crisis financieras internacionales, como la de 2001 y la de 2008, y ha provocado una cada vez más escandalosa concentración de la riqueza en unas cuantas manos. Está por verse si tomar medidas económicas del pasado pueden ayudar a tener una mejor economía.

El credo del libre mercado establece que éste debe ser el único capaz de responder las preguntas básicas de qué, cómo y para quien producir. Bajo esta óptica, los mercados ofrecen la mejor respuesta a cualquier proceso productivo y asignación de recursos. La fe ciega en el mercado establece que la intervención del gobierno a través de impuestos y subsidios no sólo no resuelve problemas de escasez o bajos sueldos, sino que los puede hacer más severos. Esto es lo que se enseña típicamente en los libros de texto. Incluso en circunstancias en que el mercado provoca encarecimientos brutales, como las tarifas de Uber o plataformas equivalentes en días lluviosos, los feligreses del credo del libre mercado sostienen que eso es lo correcto y así deberían ser las cosas.

Afortunadamente no en todos los países se han creído la fábula del funcionamiento del mercado a través de la oferta y la demanda. El Gobierno, bajo otras ópticas menos aduladoras del libre mercado, debe intervenir en la economía para incentivar o reducir el consumo de algunos bienes. Un ejemplo más contemporáneo lo encontramos en el caso de la regulación del precio del whisky en Escocia: los tribunales respaldaron la política pública de establecer un precio mínimo. Dicho precio estaría por encima del de equilibrio de mercado, lo que encarece el precio del producto y desalienta su consumo. La regulación de precios tiene como objetivo reducir el consumo de alcohol entre la población.

En el caso del gas L. P. en nuestro país la intención es tener una empresa pública que venda a un precio inferior al del sector privado. Los energéticos, de manera general son bienes esenciales y, como se dice en el argot económico, altamente inelásticos, es decir, al incrementar el precio, no se reduce el consumo en la misma proporción, lo que podría provocar abusos de parte las empresas que distribuyen estos bienes al consumidor final. Es España, por poner un ejemplo, empieza a haber problemas por las elevadas tarifas eléctricas que cobran las empresas privadas y empieza a llamarse a la creación de empresas públicas que cobren menos.

Una empresa pública que cobre menos que las privadas se convierte en sospechosa. De hecho, la estructura completa del mercado debería llamar la atención de los órganos reguladores: si el precio está por debajo del de mercado, ello podría implicar una suerte de competencia desleal; pero si el precio permite recuperar costos de producción e inclusive dejar un margen de ganancia equiparable al reportado en los mercados de valores por las empresas del sector, más bien se podría presumir colusión entre productores privados para elevar los precios por encima de los de la competencia real. En cualquier caso, el órgano regulador tendrá que estudiar al mercado de gas L. P. y determinar si hay competencia desleal o si la apertura a la competencia de los privados provocó confabulación de empresas para no respetar la contienda y cobrar más por este bien. Al tiempo.

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Algunas sociedades deben reconciliarse consigo mismas para seguir avanzando. El caso de la Alemania post segunda guerra mundial y el holocausto judío es muestra de ello. Chile es un país cuyas heridas abiertas por la dictadura militar siguen sangrando: hace apenas pocos años hubo manifestaciones que fueron apaciguadas cuando las fuerzas públicas dispararon balas de goma a los ojos de algunos manifestantes, muchos perdieron parte de su vista. En México no nos reconciliado con nuestro pasado. La criticada consulta puede dar pie a definir si queremos mantener abiertas las heridas provocadas por la corrupción hasta que se juzgue a los presuntos culpables, o bien si debemos dar “carpetazo” a ese tema y seguir avanzando. No se trata de algo menor, las reconciliaciones con nosotros mismos son necesarias para sanar como sociedades.
 


Docente de la maestría en Economía, FES-Aragón-UNAM, UAEMex y UDLAP Jenkins Graduate School.
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