El lanzamiento de la nave espacial Artemis II marca un indiscutible hito en el avance tecnológico de la humanidad. Como es de sobra conocido, no es la primera vez que se realiza un viaje como este, con la diferencia de que ahora los astronautas no descenderán a nuestro satélite natural. Pero el despliegue tecnológico que se tiene ahora, comparado con el de hace cincuenta años, es abismalmente distinto. Hace apenas cincuenta años muchos dispositivos que hoy se encuentran en la mayoría de los hogares, eran considerados como artefactos dignos de la Ciencia Ficción. Sin embargo, las instituciones y el marco legal no avanzan a la misma velocidad, posiblemente por esta razón es que seguimos enfrascados en conflictos bélicos que implican un inútil derramamiento de sangre.
En 1968 se realizó el estreno mundial de 2001, Odisea del espacio; en la cinta, el director, Stanley Kubrik, muestra en las primeras escenas las implicaciones del uso de tecnología: el uso de piedras o huesos como herramientas de trabajo en la infancia de la humanidad, deviene en viajes espaciales en relativamente poco tiempo. En términos de la vida del planeta, la existencia de los humanos es apenas como un parpadeo. Pero en definitiva nuestra especie es la única que ha logrado el nivel de avance tecnológico que ahora forma parte de lo cotidiano.
Las instituciones en las que operamos, sin embargo, avanzan a paso muy lento. Los manuales de procedimientos y marco normativo son rápidamente rebasados por el cambio tecnológico. Esto es evidente en algunas instituciones educativas, que prefieren ofertar cursos aceptados y reconocidos por empresas privadas como Apple, Google y otras, pero sin reconocimiento de validez oficial que les permita tener un RVOE. La razón es simple: el reconocimiento oficial tarda en actualizarse, la realidad cambia día tras día, por lo que entrar en la dinámica burocrática implicaría no estar actualizado en los cursos impartidos.
El marco legal, las Leyes en general, tampoco se actualizan con la rapidez que el cambio tecnológico exige. Aunque en teoría debería hacerse una revisión cada cinco años, muchas leyes se quedan atrapadas en el pasado y la necia realidad termina por rebasarlas.
En el terreno educativo pasa algo semejante: ahora cualquier alumno cuenta con dispositivos que le permiten tener acceso a información que incluso puedo ser superior a las Enciclopedias Hispánica o británica. No sólo eso, puede plantear no un escenario, sino cinco o seis a la vez ayudado por la inteligencia artificial. Esto implica replantear los modelos educativos que permitan hacer uso de la tecnología sin que ello provoque un deterioro en las habilidades mentales de los estudiantes.
No estoy seguro de la seriedad de la afirmación de que las habilidades cognitivas de las generaciones actuales son menores que las del pasado. Cuando se tenían que tomar apuntes a mano y hacer cálculos aritméticos usando lápiz y papel el cerebro se desarrollaba más. Medida en esos términos, definitivamente las generaciones previas eran más inteligentes que las actuales. El problema, sin embargo, no es el uso de la inteligencia artificial, sino que ésta se dé en detrimento de la natural.
La tecnología avanza a pasos agigantados. Eso lo podemos ver en los dispositivos electrónicos que abundan en cualquier hogar, pero el marco normativo no cambia a la misma velocidad como tampoco lo hace la inteligencia humana, ésta más bien parece retroceder. El dilema como humanidad es no abandonar a la tecnología, que nos ha permitido estar donde estamos, pero tener instituciones suficientemente ágiles para adaptarse al cambiante contexto del mundo. Probablemente en quienes más se debe trabajar en es en los humanos individuales, que debemos incorporar la tecnología en nuestra vida diaria sin que ello se refleje en menores habilidades cognitivas individuales.
Docente de la maestría en Economía, FES-Aragón-UNAM.
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