Cuando una se dedica a trabajar en temas de género, es imposible dejar de ver el trasfondo político y controversial incluso en lo más trivial de la vida diaria, como las series que vemos los domingos por la noche. Y eso fue exactamente lo que me sucedió viendo la serie All Her Fault. Si no la han visto, véanla, porque no solo es un thriller que te mantiene atrapada desde la primera escena, sino que es una radiografía de la maternidad y la violencia estructural que ejerce la carga mental sobre las mujeres.

La serie radica no solo en el suspenso de la desaparición de un niño pequeño, sino en la explotación de una ansiedad colectiva muy específica: el miedo de las mujeres a no ser lo suficientemente vigilantes, la culpa, y el juicio social que se desata cuando las mamás no “hacemos nuestro trabajo” a la perfección. Bajo la superficie de un drama criminal, lo que subyace es una disección brutal de la maternidad como una auditoría constante y de la profunda desigualdad en la gestión del tiempo.

Sin entrar en mayores spoilers para quienes no han visto la serie, el conflicto detona por un error de coordinación de un playdate. La madre del niño desaparecido acuerda la cita vía SMS con quien ella cree que es la madre de un amigo de la escuela de su hijo, pero no verifica la identidad detrás del número de teléfono. Cuando se dan cuenta de esta situación, la reacción inmediata del entorno —y del propio padre— no es de apoyo, sino de juicio: "¿Por qué no cotejaste el número del SMS con la lista de teléfonos proporcionada por la escuela?" le recriminan.

En esa pregunta se esconde la trampa de la corresponsabilidad nula. Al padre nadie le cuestiona por qué él no tenía esa lista, por qué él no verificó el mensaje, por qué él no sabía ni siquiera que su hijo tenía un playdate o por qué su rol se limita a ser el juez de la gestión de su esposa. La sociedad asume que la madre debe ser la vigilante infalible 24/7. Si ella falla, es negligencia; si él no sabe, es simplemente porque “ella se encarga de esas cosas.”

Esta dinámica perpetúa la invisibilidad del trabajo de cuidados. Este fenómeno es lo que la socióloga Sharon Hays denomina “maternidad intensiva”: un estándar cultural que exige a las mujeres, por un lado, una dedicación total de su tiempo, dinero y amor a sus hijos; y por otro, les impulsa a ser individualistas y ambiciosamente competitivas en el trabajo. Mientras las protagonistas de la serie malabarean con la coordinación de niñeras, la logística de los playdates, los voluntariados escolares, las clases extracurriculares y sus propias carreras, se hace evidente que ellas no están solo criando; sino sobreviviendo en la gestión de lo que se asimila, más que a una familia, a una PYME donde ellas son las únicas empleadas, gerentes, y responsables de su operación.

La serie retrata magistralmente que esta desigualdad no nace con el conflicto del SMS, sino que se construye desde el día uno. Hay un flashback de los primeros días del bebé: ambos están agotados, pero es ella quien se levanta, quien estudia y lee libros sobre el sueño infantil hasta que logra que el bebé duerma toda la noche. Cuando él le dice “lo lograste, eres la mejor”, ignora que ese éxito es fruto de un trabajo intelectual agotador. Y cuando ella reclama ayuda, la respuesta de él es el clásico: “claro, dime en qué te ayudo y lo hago.”

Ese es el gran engaño. Dar una lista de tareas que hacer también es trabajo. La responsabilidad de saberlo todo recae en ella como si fuera una habilidad biológica, cuando el bebé es tan nuevo para la madre como para el padre. Ella no nació sabiendo solo por ser mujer; ella trabajó para aprender mientras él se acomodó en el rol de asistente que espera instrucciones.

La serie alcanza su punto más honesto -en el que estoy segura que varias de nosotras nos proyectamos- en el monólogo del personaje de Dakota Fanning, que es devastador por lo común: cuando le dice a su esposo que su "tiempo libre" no es suyo, es tiempo cedido a la infraestructura del hogar —hacer las compras, gestionar la limpieza, planear el menú semanal, resolver lo invisible—. En contraste, el tiempo libre de ellos se presenta como un derecho genuino al ocio, al ejercicio, a los amigos y a la desconexión. Aquí vemos la pobreza de tiempo en su máxima expresión: una brecha de género donde las mujeres viven en un estado de disponibilidad permanente para otros, mientras que los hombres mantienen su derecho a la individualidad.

All Her Fault nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda: hemos construido una sociedad donde el ocio masculino es un derecho sagrado y el ocio femenino es visto como una negligencia potencial. La serie no solo visibiliza como pocas la desigualdad en cuanto a carga mental y trabajo de cuidados, sino que nos obliga a cuestionar nuestras propias dinámicas familiares, al punto que es demasiado fácil, y hasta te saca unas risas nerviosas, el identificarte con al menos una de las protagonistas.

Pues como bien decían las feministas de los setentas: lo personal siempre es político. Y mientras no politicemos la carga mental y la desigualdad en el uso del tiempo, el verdadero thriller seguirá siendo la vida cotidiana de millones de madres.

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