Nunca olvidaré la primera vez que visité un reclusorio. Era estudiante en mis primeros semestres de Derecho, sin mucha idea de a qué me quería dedicar. La Universidad donde estudiaba tenía un programa de voluntariado donde alumnos y alumnas podíamos dar asesoría jurídica pro bono en el penal de Barrientos en el Estado de México. Me inscribí, no por vocación de abogada penalista, sino por mera curiosidad, y por el recuerdo de mi abuela Tita: una mujer extraordinaria que dedicó su vida a la filantropía. Crecí escuchando sus historias de los días que pasaba ayudando en la cárcel —las personas que conocía, las vidas que tocaba— y eso me regaló, desde niña, una visión sin estigmas ni juicios de quienes están privados de su libertad. Mientras muchos sienten miedo o rechazo ante la sola idea de entrar a un reclusorio, yo crecí viéndolo como un lugar donde había personas, simplemente personas. Decidí inscribirme a ese programa inspirada en su historia.

Ese primer día nunca se me va a olvidar, recuerdo como si fuera ayer ver las largas filas de mujeres formadas desde la madrugada, cargando bolsas enormes de comida, zapatos, ropa, papel de baño. No entendía por qué cargaban todo esto, ¿qué no se los daban adentro? Recuerdo haber notado cómo en esas filas eran prácticamente puras mujeres, y haber pensado que quizás ese día solo las mujeres podían entrar a visitar, y que mañana u otro día sería el turno de los hombres. Luego aprendí que no funcionaba así, y que tan solo en esas filas para entrar al penal se empezaba a contar la historia de la enorme desigualdad de género que se vive en el sistema penitenciario.

En esa visita conocí a Jessica. Las dos teníamos la misma edad: 20 años. Pero nuestras realidades eran tan distintas que bien podrían haber pertenecido a mundos paralelos. Yo empezaba mi carrera con toda la vida por delante; ella acababa de ser sentenciada a más de cuarenta años. Mientras me contaba su historia —plagada de violencia y abusos desde la infancia— no podía dejar de pensar que, si yo hubiera crecido en sus zapatos, quizás habría terminado en el mismo lugar. Porque, al final, lo único que nos separaba era el contexto en el que nacimos y las oportunidades que tuvimos mientras crecimos.

Aprendí ese día que todo tiene un costo dentro de la prisión: bañarse, tomar agua limpia, comer algo decente. Las toallas sanitarias eran tan caras que muchas mujeres usaban la misma durante

todo su periodo, o utilizaban sus propios calcetines. Sobrevivir ahí dentro era una lucha constante, especialmente para quienes habían dejado hijos afuera. Cuando pregunté de dónde sacaban dinero, me explicaron que las que no recibían visitas tenían que hacer "lo que fuera": desde lavar ropa para otras internas, hasta cometer delitos desde la prisión, o prostituirse en el penal de hombres por unos cuantos pesos.

Mientras Jessica me contaba todo esto, tejía una bolsita de estambre para venderla el día de visita y juntar algo de dinero para sus hijas. En ese momento recordé a mi abuela, y le propuse ayudarla llevándole material y diseños más comerciales para vender afuera. Así, junto con Wendy, Raquel y Merche —mis socias, compañeras de causa y cómplices en esta aventura— empezamos a darle forma a lo que hoy es La Cana.

Y el resto es historia: una historia que hoy cumple 10 años, de miles de mujeres beneficiadas, de vidas reconstruidas, de historias de éxito e inspiración, y de otras tantas de dolor que no podemos olvidar. Siempre digo que soy emprendedora por accidente, porque mentiría si dijera que hubo algún plan para echar a andar este proyecto. Yo solo era una joven estudiante que quería apoyar a otras mujeres como Jessica a tener acceso a una mejor calidad de vida. Quería involucrarme en alguna causa, pero nunca imaginé que esa visita fuera a cambiar por completo no solo el rumbo de mi carrera, sino de mi vida entera.

Hoy sigo recordando nuestro primer pedido “grande”: 20 ositos de peluche para un baby shower. Llevé el estambre y el relleno un viernes, y les pedí tenerlos listos a la semana siguiente, se quedaron muy emocionadas de tener tanto trabajo. Cuando regresé a recogerlos, ahí estaban los veinte osos perfectamente terminados. Pero al despedirme me dijeron: "Oye, Dani, ¿no traerás más relleno?" Les pregunté por qué, si los osos estaban bien hechos. "Es que tuvimos que sacar el relleno de nuestras almohadas para terminarlos, y ahora ya no tenemos almohadas." En ese momento supe que no habría vuelta atrás. Ellas habían renunciado a sus almohadas —un lujo en el penal de Barrientos— con tal de no quedar mal con el pedido. Ese compromiso me demostró todo lo que necesitaba saber.

Dicen que lo que nace con alma siempre encuentra su propio camino. Y eso resume lo que ha sido La Cana: lo que pudo haberse quedado en un taller con unas cuantas tejedoras fue creciendo a partir de las historias de las mujeres y de las necesidades que en ellas detectamos. Porque entre más entrábamos al reclusorio, más escuchábamos la misma historia una y otra vez. Había un patrón

muy claro: la gran mayoría de ellas estaba en prisión a causa de un hombre y de la violencia machista.

Como Sandra, secuestrada a los doce años por un jefe de banda al que no podía cuestionar sin recibir una golpiza; cuando lo detuvieron, la encerraron a ella como cómplice. Melina cumple treinta y cinco años de condena por matar al hombre que intentó violarla. Sylvia, que de niña soñaba con ser doctora, terminó presa después de años de violencia a manos de un sicario del que no pudo escapar porque no tenía adónde ir ni con qué dinero. Magaly llegó a casa después de trabajar todo el día y encontró a su bebé herido; el ministerio público ni siquiera cuestionó al padre, que era quien lo cuidaba. Hoy cumple cuarenta y dos años de condena. Diana recibió más años de prisión que sus coacusados porque la jueza le dijo, literalmente, que "las mujeres somos más sentimentales y razonamos más las cosas, pero que ellos, como actúan por instinto y sin pensarlo, tenían menos responsabilidad."

Estas no son historias aisladas, las cifras confirman lo que estas historias nos mostraron: las mujeres representan solo el 6% de la población penitenciaria en México, pero reciben penas más altas por los mismos delitos. 8 de cada 10 mujeres no recibe ni una visita durante su reclusión, a diferencia de los hombres donde 9 de cada 10 recibe visitas de manera frecuente. Bien se dice que las mujeres cumplen una doble condena: una por el delito, y otra por ser mujer.

Las mujeres terminan envueltas en la delincuencia porque nadie les dijo que su vida es igual de valiosa que la de cualquier hombre, nadie les dijo que ellas pueden solas. Crecieron pensando que el amor duele y que todo lo debe soportar. Que una mujer debe entregarse a su hogar, que trabajar es para hombres, y que siempre van a depender de uno, ya sea su padre o su pareja. Que la mujer debe seguir al hombre sin cuestionarlo. Que las mujeres no pueden opinar, no pueden alzar la voz, no pueden porque su voz no cuenta. Y nos dimos cuenta de que mientras no atacáramos esas creencias, cualquier otra solución sería insuficiente.

Tras más de una década de visitar las cárceles de nuestro país y de escuchar cientos de historias, jamás me atrevería a afirmar que todas las mujeres son inocentes, y mucho menos justificaría la comisión de un delito; tampoco soy de la idea de que las cárceles no deberían de existir, porque tengo muy claro que hay personas que son un riesgo para la sociedad, y que en algunos casos la privación de la libertad es inevitable. Pero el simple encierro, sin una estrategia de una verdadera reinserción social, no basta para resolver la enorme crisis de inseguridad que azota este país. La

cárcel, en las condiciones en las que están en México, solo replican los mismos contextos de violencia y de pobreza que llevaron a las personas a terminar en prisión en primer lugar.

Por eso, desde hace 10 años, La Cana se dedica a estudiar el contexto en que se cometen los delitos y los factores que llevan a la delincuencia y privación de la libertad, para así prevenirla. Y cuando las personas terminan en prisión, trabajamos para que esas cárceles sean lugares de oportunidad y no simplemente de castigo — donde cada mujer encuentre las herramientas para construir un proyecto de vida lejos de la violencia y la delincuencia.

Hoy, La Cana se ha convertido en la empresa social que más ingresos genera para mujeres en prisión en el país. Nuestro modelo integral de reinserción se ha replicado en 20 reclusorios de10 estados de la República y se sostiene sobre cinco pilares: capacitación laboral en oficios como tejido, bordado, corte y confección, serigrafía, estilismo, carpintería, y muchos más, para generar independencia económica y un ingreso propio dentro de prisión; educación y prevención de violencia de género para que las mujeres tengan las herramientas emocionales de salir y dejar de replicar relaciones violentas y valerse por sí mismas; talleres educativos, artísticos, culturales y deportivos; un programa de Seguimiento en Libertad que acompaña de manera individual a cada mujer cuando sale de prisión — para que pueda conseguir empleo o emprender, estudiar, y acceder a atención psicológica —; y Proyecto Libertad, donde hoy hemos logrado la libertad de más de 50 personas injustamente encarceladas. Mientras el índice de reincidencia en la Ciudad de México alcanza el 40%, en La Cana es tan solo del 2%.

Me faltarían demasiadas páginas para contar todos los momentos vividos en esta última década: los viajes a los que nos ha llevado La Cana, las noches llorando en cuartos de hotel después de haber estado en cárceles remotas en rincones escondidos del país, las oportunidades de llevar esta historia a lugares que nunca imaginamos — ante presidentes, en las Naciones Unidas, en foros internacionales —, los motines esquivados, la pandemia, los cambios de gobierno, las crisis presupuestales. Las puertas que se nos han abierto, y las muchísimas otras que nos han cerrado. Lo que mi vida ha cambiado a partir de este proyecto.

Pero esta no es mi historia. Es la historia de miles de mujeres que han tenido el valor de reconstruirse. Es la historia de Wendy, Merche, Raquel, Andrea, Adriana, Selene, Mace, Yaso, Fernanda, Rebeca, Patricia, y muchas más, sin quienes La Cana no existiría. Es la historia de un equipo que no descansa, que entra a los reclusorios semana tras semana, que carga materiales, diseña programas, litiga casos, acompaña salidas, celebra logros y también llora las pérdidas — porque este trabajo te transforma por dentro tanto como transforma a las mujeres que acompañamos. Es la historia de cientos de voluntarias y voluntarios que han entrado a los reclusorios con nosotras. De donantes y aliadas que apostaron por una idea que muchos consideraban imposible. De un equipo que creyó, puntada a puntada, que otra narrativa era posible. Es la historia de más de cuatro mil mujeres que han formado parte de nuestros programas y que hoy saben — muchas por primera vez — que tienen la capacidad y la inteligencia para salir adelante solas, que pueden ganarse la vida lejos de la violencia y la delincuencia, y que no necesitan depender de nadie más para hacerlo.

Hay una lección que sin duda es la más importante que me ha dejado esta última década: y es que nunca debemos subestimar el poder que tenemos las y los jóvenes para hacer un cambio. Hoy lo que era tan solo un sueño de 4 estudiantes apasionadas, ha logrado transformar la vida de miles de mujeres. Y en una sociedad que frecuentemente confunde la justicia con la venganza, hemos demostrado que es posible construir desde una mirada más humana.

Yo escogí La Cana como mi causa -o será que esta causa me eligió a mí-. Y hoy sé que quizás no logremos cambiar el mundo entero ni resolver todos sus problemas, pero hemos demostrado que sí podemos transformar el mundo de otras personas — especialmente el de aquellas que la sociedad ha elegido olvidar. Y esa, creo, es responsabilidad de todas y todos: usar el privilegio que tenemos, desde donde estemos, para hacer algo, para elegir una causa.

La Cana es un ejemplo vivo de que podemos contar una historia distinta de nuestro México: una de segundas oportunidades. La de una sociedad dispuesta a sanar y a volver a empezar. Es una historia que, a pesar de la adversidad, se sigue escribiendo -con cada mujer que sale de prisión y no regresa, con cada libertad que obtenemos, con cada peluche tejido, con cada persona que decide sumarse, con cada mujer que abraza a sus hijos por las noches, sabiendo que pueden dormir en paz.

Hoy, al cumplir diez años, no me queda más que decir gracias. A las mujeres que nos han abierto su historia y su corazón. Al equipo que no descansa. A las miles de personas que tienen hoy nuestros productos en sus manos. A las empresas y organizaciones que nos han donado recursos, tiempo y conocimiento. A quienes creyeron cuando esto era solo una locura de un grupo de estudiantes. A quienes no nos han soltado. Seguiremos, porque estamos seguras de que, juntas, puntada a puntada y cárcel por cárcel, podemos tejer un mejor futuro.

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